miércoles, 16 de junio de 2021

SIGLO XIX

 


SIGLO XIX

 

            Siglo de locos, Julio Verne y el Catecismo en la cartera de los colegiales, la Constitución y las encíclicas, el Rey más sinvergüenza de la Historia y su hija, la Reina ninfómana, Napoleón y el Empecinado, generales y anarquistas, científicos y frailes, liberales y absolutistas… en un batiburrillo que forma la antesala de lo que tenemos hoy.

            Alicante tenía ya 21.500 habitantes, con su puerto en plena ampliación, su fábrica de tabacos, sus incipientes viajeros extranjeros, aún no turistas… Pero empezó mal el siglo XIX con una terrible epidemia de fiebre amarilla en septiembre de 1804, que mató a 2.765 alicantinos; un muerto cada 8 habitantes. Fue la peor epidemia de la historia alicantina, incluidas las de la peste negra, el cólera y demás. Tanto es así que las autoridades tuvieron que prohibir los enterramientos en las criptas de las iglesias y se construyó un cementerio en la partida de San Blas. Son las consecuencias de ser un puerto de mar relacionado con todo el planeta.

            Y por si fuera poco, detrás de la fiebre llegaron los cuatro jinetes del Apocalipsis. El 2 de mayo de 1808, el pueblo de Madrid se levantó contra el ejército francés que ocupaba España y estalló la Guerra de la Independencia.

            La cultura había llegado siempre de la vecina Francia, así que las personas cultas eran tachadas ahora de afrancesados y se les perseguía y condenaba, mientras se suspiraba por Fernando VII “el Deseado” en el trono de Madrid, en lugar de José I, un excelente administrador que solo tenía un defecto: ser francés e impuesto por su hermano Napoleón.

            Con vistas a la defensa contra el invasor se realizaron importantes obras militares: Se derribó el arrabal de San Antón para que sus casas no sirvieran de abrigo a unos presuntos sitiadores. Se amplió el recinto amurallado que protegería al Convento de San Francisco y la Muntanyeta, discurriendo por la actual calle de Pascual Pérez y bajando por la que hoy es avenida de Federico Soto hasta el Baluarte de San Carlos (Plaza de Canalejas). Y en el Tossal se construyó apresuradamente el Castillo de San Fernando (Por Fernando VII).

            Los alicantinos se ejercitaban en espera de la resistencia a las tropas napoleónicas, que no se presentaron frente a esta ciudad hasta el 16 de enero de 1812, al mando del general Manbrun. Los franceses traían dos obuses de sitio, y comenzaron a bombardear la ciudad desde sus puestos junto a la Ermita de Los Ángeles. Y desde el castillo se les contestaba con la artillería de la fortaleza. Pero el enemigo no contaba con la pericia de capitán don Vicente Torregrosa, jefe de la batería sita en el Baluarte de la Ampolla, sobre la Ermita de Santa Cruz. Este hábil artillero, después de varios intentos, consiguió desmontar uno de los obuses con un fulminante tiro directo. Una salva general de la artillería del castillo siguió a la hazaña de Torregrosa y un proyectil atravesó la cúpula de la ermita, donde estaban comiendo los jefes de la expedición. Y aquella misma tarde, las fuerzas francesas abandonaron el campo y regresaron a sus posiciones valencianas, que comandaba un frustrado mariscal Suchet.

            La tropa francesa, en su impotencia, se dedicó a asesinar a 29 vecinos de San Juan y otros campesinos que encontraron en su retirada. ¡Qué valientes!

            Los alicantinos estaban locos de júbilo, cuando ocurrió una desgracia. El 21 de febrero, por un descuido imperdonable, estallaron varios barriles llenos de cartuchos de artillería que se confeccionaban en el castillo de Santa Bárbara, con un saldo de 50 muertos, entre los cuales se hallaba la esposa del jefe de la fortaleza. Resultaron destruidos varios edificios, con la ermita que aún hoy se puede ver con sus arcos restaurados, pero sin cubierta ni muros.

            Alicante y Cádiz fueron las únicas ciudades, hoy capitales de provincia, donde nunca entraron las tropas de Napoleón.

           

 

 

miércoles, 9 de junio de 2021

UN SIGLO LUMINOSO

 

                                                                Jorge Juan y Santacilia.


UN SIGLO LUMINOSO

            El Siglo de las Luces. Para Alacant sería el de los 123 años que van desde la llegada de los Borbones a España hasta la toma de Alacant por los Cien Mil Hijos de San Luís. O sea desde 1700 a 1823. Alicante, con Barcelona y Cádiz, fue de los pocos sitios de España a donde llegó la Ilustración con más fuerza. Aquí había, desde hacía siglos, una importante colonia de comerciantes franceses que recibían de primera mano, desde el puerto, las obras de Rousseau, D’Alembert, Diderot y Voltaire, que eran leídas por los alicantinos cultos, y después comentadas con sus vecinos marinos, artesanos y comerciantes, que marcaban el carácter progresista de la ciudad.

            En ese siglo, Alacant también tuvo contratiempos naturales, como el vendaval de 1791, que se llevó para siempre los pináculos de las torres del Ayuntamiento, o el diluvio que en 1792 reventó las murallas que hacían de presa e inundó la ciudad; pero, en general, la suerte sonrió a la “terreta”. En 1787 se instaló el primer alumbrado público y en 1801 se fundó la Fábrica de Tabacos, que dio trabajo a 2000 mujeres alicantinas; lo que dio origen, junto a los trabajadores del puerto, al primer núcleo de conciencia obrera de este pueblo y quizá de los primeros de España.

            Pero veamos las biografías de los hijos más ilustres de Alacant en este periodo, que ejemplifican el adelanto cultural de la ciudad.

Jorge Juan y Santacilia (1713 – 1773). Aunque nació en una finca de Novelda, su domicilio familiar estaba en Alacant, muy cerca del Ayuntamiento. Huérfano a los 3 años, estuvo bajo la tutela de su tío fray Cipriano Juan, Bailío de la Orden de Malta. A los 12 años, en Malta, fue paje del Gran Maestre de su Orden. A los 16 ya había navegado contra los piratas y era Caballero de Malta y Comendador de Aliaga. Estudió como Guardiamarina en Cádiz, obteniendo unas notas extraordinarias, por lo que fue seleccionado para formar parte de una expedición francesa que iba a Perú con vistas a averiguar el tamaño exacto de un grado de latitud terrestre, y determinar así las dimensiones y forma de la Tierra y establecer el metro como unidad de medida universal. Sus mediciones fueron las más exactas y a su regreso fue nombrado miembro de la Real Academia de las Ciencias de Francia. Fue embajador en Marruecos y espía industrial en Inglaterra. Dirigió la construcción de los arsenales de Cartagena y Ferrol. Fue director de la Escuela de Guardiamarinas de Cádiz, y gracias a sus desvelos, la Marina Española fue, en tiempos de Carlos III, la 3ª del Mundo. Escribió valiosos libros por los que se le conocía en Europa como El Sabio Español y tuvo problemas con la Inquisición por defender el Sistema Copernicano... ¡en pleno siglo XVIII! En un informe al Rey denunció los abusos de los colonos sobre los nativos americanos.

            Felix Berenguer de Marquina (1736 - 1826). Marino de guerra, fue Gobernador de Filipinas y Virrey de Nueva España (México). Tomó posesión de su alto cargo en 1800, pero duró en él solo dos años, porque su decidida posición antitaurina lo enemistó con los terratenientes y los aficionados a las corridas. Decía que la tauromaquia era indigna de un pueblo culto.

            Pedro Montengón y Paret (1745- 1824). Jesuita secularizado y exiliado, autor de la novela Eusebio, que rivalizó en Europa con el Emilio de Rousseau, al que criticaba su postura machista; defendía la igualdad absoluta entre hombres y mujeres en la educación y el trabajo, y denunciaba el atraso español frente a Europa y Norteamérica. Regresó a España en 1800, pero fue de nuevo expulsado y murió en Nápoles sin haber podido regresar nunca a Alacant.

            Dr. Francisco Javier Balmis y Berenguer (1753 – 1819) Cirujano y médico militar. Había hecho varios viajes científicos a América cuando Carlos IV le propuso dirigir la Expedición Filantrópica de la Vacuna, descubierta en 1796 contra la viruela por el inglés Dr. Genner. El ingenioso método de Balmis consistió en llevar a 22 huérfanos de un asilo de La Coruña, cuidados con celo por la enfermera Isabel Cendal, a los que iba vacunando sucesivamente, de forma que el líquido de la infección, que servía de transmisor de la vacuna, pasara de uno a otro hasta llegar a Venezuela en febrero de 1803. Gracias a Balmis y su ayudante, el Dr. Salvany (muerto en 1810 en Cochabamba), la vacuna se extendió por toda América, Filipinas y China, antes de regresar a España, con lo que se salvaron millones de vidas. Murió en Madrid, viudo y sin hijos, nombrando heredera a su hermana Micaela, con domicilio en Alacant.

            Solo por estos cuatro alicantinos ilustres ya nos podemos sentir orgullosos de nuestra ciudad, ¿verdad?

 

             

miércoles, 2 de junio de 2021

TABARCA

 


DE TABARKA A TABARCA

 

            Llegaron a Alacant en carretas procedentes de  Cartagena, donde habían desembarcado en 1769 de dos navíos que los trajeron del norte de África. Eran 68 familias de origen ligur, formadas por 296 individuos, de los que 31 habían nacido en Italia, 137 en la isla tunecina de Tabarka, 70 en el cautiverio de Túnez y 58 en el de Argel. Se habían dedicado a la pesca del coral, con una concesión que los señores de Lomellini habían obtenido de las autoridades tunecinas en 1540. Algunos de sus compañeros, viendo peligrar la situación política, emigraron a Cerdeña, pero otros, confiados en su buena suerte, permanecieron en Tabarka, y en 1741 fueron capturados por los tunecinos que ocuparon la isla y los sometieron a esclavitud. En 1756 pasaron a ser esclavos de los argelinos.

            El padre mercedario Juan de la Virgen convenció a nuestro rey Carlos III de que pagase un rescate por ellos y, a ruegos del Conde de Aranda, se les diera un pueblo fortificado en la Isla Plana de Santa Pola; obra que estaba construyendo el ingeniero militar don Fernando Méndez, con el fin de que la isla, situada a 22 Km. de Alacant y a 8 de Santa Pola, al ser habitada y fortificada, no siguiera sirviendo de base a las fechorías de los piratas berberiscos.

            De momento, mientras terminaban las construcciones en la isla, fueron alojados en el enorme edificio que había sido convento y colegio de los padres Jesuitas, recientemente expulsados de España. Y allí permanecieron hasta que al año siguiente, 1770, ya pudieron trasladarse a su nuevo hogar, que ellos bautizaron como Nueva Tabarca.

            Nada hay hoy que recuerde, en la forma de hablar el valenciano, su primitiva lengua italiana, pero sus apellidos dicen muy claro cuál es su procedencia: Parodi, Luchoro, Pitaluga, Manzanaro, Chacopino, Ruso y algún otro, que con ligeras adaptaciones a nuestra ortografía, son sus nombres originales.

            Rápidamente se adaptaron a su nueva nacionalidad, costumbres y lengua. Se les facilitó casa en el nuevo poblado, seis embarcaciones para la pesca y protección militar. Se les dispensó de pagar impuestos. Y sin embargo, su vida fue bastante miserable. En una inspección que se realizó nueve años después a la isla, se constató que los tabarquinos vivían en la indigencia, que faltaba agua, que la tierra era estéril y que las barcas sufrían importantes deterioros por falta de mantenimiento. Por tal razón, muchos de ellos terminaron emigrando a las costas vecinas, donde sus típicos apellidos se dan hoy con frecuencia en Santa Pola, Elche y Alacant.

            A pesar de todo, la población fue creciendo hasta alcanzar en 1920 más de 1.000 habitantes. Desde entonces fue disminuyendo a causa de la constante emigración y, aunque la pesca, sobre todo de atún en almadraba, era provechosa, hoy la principal fuente de ingresos de los actuales tabarquinos es el turismo, que en verano recibe a unos 3.000 visitantes diarios. La pablación actual, fija, no pasa de unas 50 personas, muchas de ellas de avanzada edad.

            La isla, de unos 2 Km. de larga y 450 m. de ancha, con sus calas de aguas cristalinas, su flora y su fauna marina protegidas por el título de Reserva Marina y su población y murallas restauradas, es un lugar con un encanto especial, que vale la pena visitar. Viajar allí a bordo de una de las muchas embarcaciones de recreo que parten a diario de Alacant y Santa Pola, bañarse en la playa o en una de sus calas y degustar un delicioso caldero o unos gazpachos de mero en uno de sus restaurantes, es un placer ineludible; sobre todo, si vas acompañado de Chema Pérez Burgos, arqueólogo y director del Museo, que es el que más sabe de esta isla excepcional.

miércoles, 26 de mayo de 2021

LOS BARCOS POR LAS PAREDES.

 



LOS BARCOS POR LAS PAREDES

 

            Hay un estupendo trabajo de investigación del arqueólogo Pablo Rosser sobre unos grafitis descubiertos en la finca Capistol, de la huerta alicantina. Consisten en dibujos de barcos del siglo XVIII pintados en las paredes de algunas habitaciones. También encontramos dibujos de barcos de esa época en el piso más alto de la torre que hoy día acoge al restaurante Las Rejas, una de esas torres de defensa que se  reparten por nuestra huerta de la Condomina. Y también podemos encontrar grafitis de ese tipo en la bóveda de la que hoy es sala de exposiciones a la entrada del Castillo de Santa Bárbara. ¿Por qué tantos barcos por las paredes? Y todos con el perfil típico de los barcos de guerra del siglo XVIII. Parece que algunos improvisados dibujantes plasmaron lo que veían desde sus aposentos, ya fuera en lo alto de una torre de la huerta o desde las almenas de nuestro castillo. Y uno se pregunta qué acontecimiento extraordinario pudo llamar a tanto artista a pintar barcos, en una zona donde los barcos forman parte del paisaje cotidiano.

            Pero todo tiene una explicación. No es lo mismo ver un barco atravesar las olas, rumbo al puerto, que ver nada menos que 500 barcos de guerra llenando nuestra bahía. Y es que en junio de 1732 una gigantesca flota se reunió en Alacant para marchar sobre Orán y Mazalquivir, plazas españolas desde tiempos de los Reyes Católicos, perdidas en los avatares de la Guerra de Sucesión, y en manos de los turcos y argelinos que amparaban a los piratas que asolaban regularmente nuestros campos y pueblos de la costa.

            Felipe V tenía fama de melancólico (hoy diríamos que padecía una profunda depresión), probablemente desde la muerte, víctima de la viruela, de su hijo Luis I, lo que le obligó a volver a ocupar el trono de España, al que había abdicado en su favor. El rey triste y apático necesitaba recuperar el prestigio político y para ello sus consejeros le impulsaron a realizar una campaña bélica que recuperase las plazas perdidas del norte de África. Pero para ello se necesitaba dinero, mucho dinero, y el Rey confió al más aguerrido de sus marinos, don Blas de Lezo (que en 1741 se cubriría de gloria en la defensa de Cartagena de Indias contra los ingleses), para que marchase con la flota a recuperar un millón y medio de pesos que la República de Génova debía al Estado Español, y que los genoveses no querían abonar porque reconocían como rey, todavía, al aspirante Absburgo de la pasada Guerra de Sucesión. Blas de Lezo, un hombre de una heroicidad casi demente, cojo, manco y tuerto en pasadas hazañas bélicas, se presentó ante la ciudad italiana y conminó a sus autoridades a abonar la deuda inmediatamente o caer bajo las andanadas de los cañones de sus barcos. Los banqueros genoveses se apresuraron a pagar, y con este dinero se armó la flota que se reuniría en la bahía alicantina. Nada menos que 500 barcos, entre los que figuraban 12 navíos de línea, 50 fragatas, 7 galeras, 26 galeotas, 4 bergantines, 97 jabeques, 109 barcos de transporte de tropas y una gran cantidad de lanchas cañoneras, buques bomba y otras naves menores y auxiliares. La expedición estaba al mando de don José Carrillo de Albornoz, conde de Montemar, y transportaba a 30.000 soldados, con sus caballos, artillería, bastimentos y comestibles para la campaña.

            Tamaño espectáculo jamás se había dado en nuestra bahía ni nunca se volvería a ver. Por eso hubo tanto dibujante aficionado que, desde un mirador adecuado, se dedicó a dibujar barcos en las paredes.

            La ciudad de Alicante contaba entonces con 12.000 habitantes, muchos de los cuales hicieron grandes negocios proporcionando suministros a la flota y atendiendo a los futuros combatientes.

            En esta expedición participaba un guardiamarina residente en Alicante, muy cerca del Ayuntamiento, donde hoy hay una placa conmemorativa. Me refiero al que un día sería almirante, científico, embajador y espía, el gran alicantino Jorge Juan y Santacilia.

            La Expedición fue un éxito, partió de Alacant el 16 de junio de 1732 y a primeros de julio, Orán y Mazalquivir ya eran de nuevo plazas españolas.


LA MINA.

 



LA MINA

 

            El caballero D’Asfeldt era un general borbónico que llegó a Alacant poco después de la Batalla de Almansa. Venía con su ayudante, el coronel Ronquillo, y una tropa de 19.000 hombres, que plantaron su campamento en una línea que comenzaba en la ermita de Los Ángeles y terminaba dos kilómetros más al SO., según se puede ver en el plano titulado Plan of the City and Castle of Alicant de Findals y Rapins, en History of England . Venían de quemar Xátiva y tomar Denia y estaban decididos a conquistar Alicante para Felipe V. En Xátiva cuelgan boca abajo el retrato del rey Felipe V por la salvajada pirómana de D’Asfeldt, pero los alicantinos tenemos que reconocer que, sin embargo, a nosotros nos libró de los ingleses. Si no hubiera sido por ese caballero y sus hombres, Alicante, junto a Gibraltar y Menorca, hubiera formado parte de la rapiña geográfica del Imperio Británico.

            La Batalla de Almansa (25 de abril de 1707) fue el gran descalabro austracista que dio la victoria a los Borbones y les abrió el Reino de Valencia, cuya capital se rendía el 4 de mayo. Es curioso que en esa batalla, que tan funesto resultado tendría para los valencianos, no luchó un solo maulet en defensa de sus queridos fueros. Solo hay constancia de unos pocos ciudadanos de Xixona que lucharon como exploradores a caballo… ¡para el bando borbónico! Son datos que no se suelen recordar por los nacionalistas. Porque no nos engañemos, aquella era una guerra internacional, por intereses dinásticos y aristocráticos, y en un lado luchaban soldados profesionales ingleses, portugueses, hugonotes franceses y austriacos, mientras en el otro iban franceses y españoles del interior de la Península. Nadie, allí, luchaba por patriotismo.

            El día 29 de junio, Felipe V abolió los fueros y desapareció la figura del Justicia elegido por insaculación, entre los nobles locales, para ser sustituida por la de Corregidor, nombrado a dedo por el Rey, entre los mismos nobles. En el fondo, no había cambiado nada en el viejo régimen, aparte de una cierta modernización administrativa y una férrea centralización, que fortalecía al Estado, a imitación de lo preconizado por Luis XIV de Francia, aquel que dijo: “El Estado soy yo”.

            Bueno, pues en diciembre de 1708, D’Asfeldt, Ronquillo y sus soldados se presentaron ante Alacant. E inmediatamente tomaron la ciudad al asalto, con la simpatía de los alicantinos borbónicos. Pero el Castillo era otra cosa. Defendido por el jefe Richard, un inglés católico que no se llevaba demasiado bien con sus subordinados, anglicanos, a los que tenía que demostrar a todas horas su patriotismo, no se dejó amilanar por el enemigo y se propuso resistir a toda costa.

            D’Asfeldt quiso solucionar el asunto rápidamente y por la tremenda, ante el temor de que los sitiados recibieran ayuda de la flota británica, que ya lo había intentado infructuosamente en una ocasión. Y mandó construir bajo la Cara del Moro un túnel muy profundo, que iba a cargar  el 14 de febrero de 1709 con 1.200 quintales de pólvora. El tío quería volar todo el monte Benacantil con su castillo, y casi lo consigue.

            Richard no cedió a la amenaza y provocaba a los borbónicos con bravatas desde la torre del homenaje, de manera que a las 4 de la mañana del día 4 de marzo de 1709, el coronel Ronquillo encendió la mecha, mientras los oficiales ingleses celebraban un desafiante banquete con el poco vino y la escasa carne de caballo que quedaban en la miserable despensa.

            Los testigos relatan que no se oyó ningún estruendo, sino que la tierra, por todo el Benacantil, se puso a temblar como si de un terremoto se tratase, y la torre del homenaje, con todos los jefes ingleses dentro, saltó por los aires, con otras torres y baluartes de la fortaleza, en medio de una nube de humo negro que rezumaban las grietas en la roca. También resultaron destruidas muchas casas de la población y muertos ochenta alicantinos. El monte, cuarteado desde entonces, resistió, aunque a la Cara del Moro se le cayó un pedazo de nariz. Por lo visto, los ingenieros franceses habían subestimado la potencia de sus explosivos.

            Los supervivientes de la explosión, unos 600 soldados, cabos y sargentos (oficiales no había quedado ni uno), aguantaron todavía mes y medio en el castillo en ruinas, hasta que la flota británica vino a por ellos y los borbónicos los dejaron embarcarse con todos los honores.

            Así fue como Alacant se libró de ser un segundo Gibraltar.

 

domingo, 16 de mayo de 2021

OS ESPERO EL 27

 Pienso que el próximo día 21 de este mes de mayo, viernes, se inaugura la Feria del Libro de Alicante en la Plaza de Séneca, y que estará abierta hasta el domingo día 30. Yo participaré el día 27, jueves, en la caseta de la editorial ECU de 19 a 21 h. firmando mi última novela de ciencia-ficción "ADANA, LA MUJER PERFECTA", la tercera edición de mi "25 DE MAYO, LA TRAGEDIA OLVIDADA" y otros libros míos de esta editorial. Me gustaría veros por allí, después de la larga ausencia que nos ha impuesto esta larga pandemia. OS ESPERO.

Puede ser una ilustración de texto que dice "MIGUEL ÁNGEL PÉREZ OCA ADANA ECU LA MUJER PERFECTA Narrativa JULIO 2020"
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