sábado, 10 de abril de 2021

AMANECER Y VACUNA

 

AMANECER Y VACUNA

 

            El Sol aún no ha roto el horizonte, pero su fulgor rojizo ya se anuncia entre las nubes. Ayer me vacunaron y dentro de 20 días impacientes me administrarán la segunda y definitiva dosis. Una semana más y estaré a salvo de contagiar a nadie, cuya debilidad llevase a la muerte. Porque esa ha sido mi ansia: no causar la agonía de ningún hermano. Y mis esfuerzos han dado – o van a dar – su fruto. Me ha costado la amistad de personas muy queridas. Hace un año que no beso a mis hijas ni a mis nietos, que no como con mis amigos, que no me siento alrededor de una mesa para hablar de filosofía, de literatura, de fantasías científicas. Hace un año que lucho solo contra el desánimo, que sacrifico mi libertad, que sufro el desprecio de los que se niegan a renunciar a lo que aman. Y ayer me vacunaron y mi misión de lucha y sacrificio toca ya a su fin. No soy un hombre joven, ni siquiera maduro. Emerjo de la pandemia convertido en un anciano de cabellos grises y revueltos, de piernas débiles y flaca memoria. He sufrido, he perdido muchos tesoros, pero he cumplido con mi obligación y ahora me toca decidir qué he de hacer con mi vida. Porque la anterior, la desenfadada aventura de amistades y festines, ha concluido, concluyó cuando el virus nos hizo bajar el telón, y se abrió el paréntesis maldito. Ahora habrá que inventarse un nuevo rumbo. Un rumbo para recorrer los pocos o muchos años, o lustros, que me queden. No importa eso, no importa lo que me quede, porque siempre es ahora.

            Fui un empecinado, un intransigente al que no perdonaron aquellos y aquellas que no estaban en disposición de renunciar a los placeres de la vida gregaria, de las sonrisas, las frases hermosas y los abrazos. Y fui acusado de déspota, de insultador, de egoísta, de cobarde, de aterrado ante la amenaza de la muerte y de la peste. Y no era cierto. Porque en esos momentos de renuncia, en las residencias de ancianos agonizaban miles de viejecitos contagiados. Juré que no sería por mí, y me exigí todas las renuncias. Y ahora, con un ligero dolor en el hombro vacunado, sonrío al sol que está a punto de romper el horizonte. ¡He cumplido con mi deber! Nada debía a quien me cobraba por su amistad, un lugar apretado y una cena extraña, no mediterránea. Nada debía tampoco a quienes me obsequiaban con su amistad y sus excelentes y admirables trabajos literarios. Y nada me debía a mí mismo, salvo el compromiso con la vida, contra la agonía propagada por los imprudentes. Y no guardo rencor a nadie. Allá cada cual con su conciencia. Allá cada cual con la deuda de vida que haya dejado tras sus pasos, sus cenas y sus cálidas compañías. Allá cada cual. Yo sé, con toda la seguridad que me pueden dar las evidencias, que nadie ha padecido enfermedad y muerte por mi culpa. Ojalá todos puedan decir lo mismo.

            Tengo la completa seguridad de que si todos hubieran actuado como yo, se hubieran arruinado unos cuantos cientos de “emprendedores” – cosas del Capitalismo -, es cierto, pero no habría ocurrido una segunda, ni una tercera, ni una cuarta “ola” de pandemia, y en este país, en este solo país, unos cuantos miles de personas no habrían fallecido, estarían vivas, sin saber que le debían la vida a sus compatriotas cuidadosos, meticulosos y fieles a su deber ciudadano.

            Me he privado de muchas cosas, no le guardo rencor a nadie, he pagado el precio de mi consecuencia y no pienso pedir cuentas. Ahora voy a empezar una nueva vida con la inmensa satisfacción de haber cumplido con mi deber ciudadano hasta las últimas consecuencias.

            Ayer me vacunaron. Pronto besaré a mis hijas y a mis nietos, y abrazaré a mis amigos y amigas. El Sol está rompiendo el horizonte.

                                                                                          Miguel Ángel Pérez Oca.    

viernes, 2 de abril de 2021

EL VIRUS SE LLAMA CAPITALISMO.

 En un estado socialista, donde los medios de producción fueran propiedad del pueblo, no habría que "salvar a las empresas". La empresa sería el Estado Democrático, que garantizaría a cada ciudadano sus medios de vida, compatibles con el aislamiento ante la pandemia. Son los intereses de "los emprendedores" los que producen la dialéctica entre Economía y Salud.

REFLEXIONES DE UN MEQUETREFE.

 

REFLEXIONES DE UN MEQUETREFE.

 

            Llevo ya más de un año poniéndome la mascarilla cada vez que salgo a la calle, lo que, por cierto, solo hago cuando es imprescindible ir a algún sitio esencial; lavándome las manos muchas veces al día; guardando las distancias; privándome de reunirme con mis amigos en lugares cerrados. He renunciado a asistir a las reuniones de mi querida tertulia, para mi una actividad imprescindible y motivadora de mis modestas obras literarias y poéticas. E imbuido de una conciencia ciudadana que estimo obligada, me he dedicado a exhortar a todos mis presuntos lectores a hacer lo propio, entre lo que cuenta suspender las reuniones tertulianas, comprometerse con la salud ajena, no conformarse con fantasías y cuentos de hadas, en los que uno sueña con borrar la pandemia con una goma mágica y pintar el mundo futuro con maravillosos lápices de colores, y, sobre todo, no aceptar el contagio como fruto de la mala o buena suerte, sino de la conducta colectiva de nuestros congéneres del género Homo pretendidamente Sapiens.

            Bueno, pues por incurrir en tan osado comportamiento he sido vilipendiado, llamado mequetrefe, machista, insultador y no sé cuántas lindezas más.

            Muy bien, seré todo eso, pero además me siento ciudadano responsable de mis actos que, bajo ninguna excusa, pueden justificar el más mínimo descuido frente a la pandemia.

            Y, como resumen a mis mequetréficas reflexiones, se me ocurre pensar que si todo el mundo hubiera procedido como yo, privándose de tantas cosas apetecibles en bien de la salud ajena, no habría habido una segunda ola de contagios, ni una tercera, ni estaríamos esperando una cuarta. Y en este país, probablemente, hubieran muerto unas 30.000 personas menos; es decir, algo así como la décima parte de los habitantes de nuestra ciudad de Alicante… ¡Nada menos! Habría que ver todos los ataúdes juntos, puestos delante de vuestros queridos antros de reunión tertuliana, con cena, bebida y postre.

            Pero los que no pueden prescindir del contacto humano y de las reuniones desmascarilladas y desdistanciadas, no pueden oír estas cosas, porque lo que digo les suena a acusación insoportable. Pues les diré algo más, que todavía les va a incomodar superlativamente: Si cometéis imprudencias que puedan aumentar los riesgos de contagios y muertes consiguientes, no sois más que unos despreciables homicidas por imprudencia.

            ¿Os pica? Pues rascaros.

            Y menos mal que los virus no saben reírse, o son tan pequeñines que su risa no llega a nuestros oídos, que si no, el jolgorio atronaría los espacios y os veríais como unos ridículos y egoístas mequetrefes.

            Por cierto, dícese de mequetrefe a la persona considerada insignificante en lo físico o lo moral. Sinónimos: Chisgarabís, cantamañanas, zascandil, tarambana.

            No se aconseja a los mequetrefes mirarse al espejo.

            Para terminar: ¿Cómo se debería llamar a la persona egoísta o fantástica sin sentido de la responsabilidad? Preguntadle a los 30.000 muertos.

 

                                                                                              Miguel Ángel Pérez Oca.

 

miércoles, 31 de marzo de 2021

EL TOISÓN DE ORO

EL TOISÓN DE ORO

 

            En el siglo XVI Alacant era una ciudad próspera, de unos 6.000 habitantes, con un puerto muy activo, constituido por un espigón que entraba unos 200 pasos en el mar, y un altivo y poderoso castillo artillado que se elevaba 160 metros por encima de la población, a la que protegía con unas murallas que bajaban de las alturas y la rodeaban, abriéndose por cuatro puertas: la del Portal de Elche , más allá del cual estaba el arrabal de San Francisco, con su convento franciscano y la altura de la Montañeta y su molino; el Portal de la Huerta, tras el que se desarrollaba el arrabal de San Antón y los campos de cultivo; la Puerta del Mar, que se abría al puerto y el Portal Nou, sobre el acantilado y la playa, con el Arrabal Roig, de los pescadores, que salían a la costa, donde reposaban sus barcas, por una puertecita en la muralla, “el postiguet”, que le daba nombre a la playa.

            Desde que pasó a ser ciudad, Alacant se regía por un sistema de insaculación – a suertes- entre los caballeros, de los que salía el Justicia – alcalde y juez – y los demás cargos importantes. En otros dos sacos con los nombres de los aspirantes, estaban los cargos secundarios, a obtener por los ciudadanos, entre los que se distinguía entre ciudadanos de mano mayor y ciudadanos de mano menor.

            Cuando se descubrieron y colonizaron las Indias Occidentales, las Españas habían pasado a ser la primera potencia del mundo, debido en gran parte al oro y la plata que todos los años traían a Cádiz los galeones de la Flota. Y esta riqueza redundaba en beneficio de todos, desarrollaba el comercio y beneficiaba a las ciudades portuarias, como Alacant.

            A la muerte de Fernando el Católico y la incapacidad de su hija Juana la Loca, le sucedió su nieto Carlos que, en 1516 heredaba las coronas de Castilla, con sus posesiones americanas, Aragón, con Cataluña, Valencia y demás posesiones mediterráneas, Navarra y Granada, con el nombre de Carlos I. Pero en 1520, mientras Magallanes y Elcano daban la vuelta al mundo, Carlos partía a Alemania para heredar de su  otro abuelo, Maximiliano, el título de Emperador, con el nombre de  Carlos V. Debido a los desmanes que en su ausencia cometieron los políticos flamencos que había dejado a cargo de sus reinos, estalló la revuelta de los Comuneros, que no afectó a Alacant ni al testo de las tierras aragonesas y catalanas. Pero por aquí también hubo otras rebeliones contra al joven Rey Emperador.

En 1519 se había declarado una epidemia de peste en Valencia, y los nobles y ricos de la zona se apresuraron a huir al campo, dejando las ciudades y pueblos sin autoridades responsables. De modo que fueron los gremios los que se tuvieron que hacer cargo, con el fin de defender las costas de un presunto ataque inminente de corsarios argelinos que merodeaban por el litoral. Y el ciudadano Juan Lorenzo Pirail exhortó al pueblo a gobernarse por sí mismo, puesto que no necesitaban a nobles ni ricos para hacerlo. La de las Germanías – Agermanats en valenciano - debió ser la primera revolución democrática de la Historia, si prescindimos de la de Espartaco en tiempos de la República de Roma. Y muchas ciudades y pueblos se sumaron a la rebelión, y los palacios y mansiones fueron saqueados y asesinados algunos propietarios. Orihuela y Elche se sumaron a la rebelión, pero Alacant, en su mayoría, la rechazó, mandando una carta de adhesión al rey. Un grupo de ciudadanos disconformes, dispuestos a sumar Alacant a la sublevación, exigieron  a don Francisco Pérez, militar miembro del Concejo, que dirigiera la revuelta local; pero éste se negó en redondo, y como los insurrectos hubieran puesto en su balcón la bandera de los Agermanats, mando a un criado que la echara a la calle. Los revoltosos, enfurecidos, asaltaron la casa de Pérez, en la calle de Labradores, y asesinaron al amo y al criado.

Las tropas del Marqués de Vélez y don Pedro Masa sofocaron la rebelión en toda la zona, y el Emperador premió la lealtad de Alacant, concediéndole el Toisón de Oro, que desde entonces ostenta nuestro escudo.

Habría que preguntarse la razón de que Alacant no se sumara a la rebelión, como sus vecinos de Elche y Orihuela. Quizá por aquí no había llegado la peste y por eso los nobles estaban en su sitio, o quizá el pueblo alicantino, en su mayoría marinos muy cosmopolitas y viajeros, habían comprendido sensatamente que enfrentarse al dueño de medio mundo era una locura condenada al fracaso. Quién sabe.

Fue por entonces cuando se libró la batalla de Pavía entre el Emperador y Francisco I, rey de Francia. Y éste, derrotado y prisionero, llegó al puerto de Alacant en 1525. Sería conducido a Castilla, pero entretanto se alojó en el palacio de la Puerta Ferrisa y fue muy agasajado por los notables alicantinos. Era la primera vez, en la Edad Moderna, que se recibía aquí a un rey, aunque fuera cautivo; pues nuestro Emperador jamás nos hizo una visita. 

domingo, 28 de marzo de 2021

EL ÁRBOL Y LA PIEDRA.



 EL ÁRBOL Y LA PIEDRA

 

            Hoy es 28 de marzo de 2021, en el mes 12 de la pandemia del Coronavirus. Hoy hace 82 años que el buque Stanmbrook, al mando del buen capitán Archibald Dickson, partió de Alicante hacia Orán con 3.000 refugiados republicanos. En el muelle quedaron 20.000 más, esperando en vano quién pudiera llevarlos al exilio. Al día siguiente terminó la Guerra Civil Española y los republicanos del puerto fueron hechos prisioneros y llevados al Campo de los Almendros, para desde allí ser enviados a la cárcel o a la muerte. También hace 79 años, qué casualidad, que el poeta Miguel Hernández, el mejor de los poetas, murió de miseria, desatenciones y tuberculosis en el Reformatorio de Adultos de Alicante.

            Tanto dolor merece al menos un recuerdo y el repudio del fascismo que durante tantos años iba a castigar a nuestra patria.

            Esta mañana he estado en el Campo de los Almendros, para dedicar un pensamiento y un homenaje a aquellas personas que allí sufrieron y fueron humilladas por la mala gente que nos robó la libertad. Y me he sorprendido al verme solo ante el monumento de roca viva y el almendro que plantamos hace  7 años. La pandemia ha convencido a la gente de que debe quedarse en casa. La roca sigue allí, impasible, con su leyenda de hierro, explicando el motivo de su presencia. Pero el árbol, el almendro… ¡Dios mío!, se ha convertido en un gran árbol, en un almendro enorme, tan grande que con sus ramas está abrazando a la piedra, como la vida protege a la verdad, mientras obsequia a los visitantes con multitud de magníficas almendras aterciopeladas y verdes.

            La estampa me ha emocionado y esa emoción quiero compartirla con vosotros y vosotras, mis amigos.

            Para que nunca más la violencia deshonre a estas tierras de sol y de brisa.

            Algún día, cuando pase la pandemia, os prometo daros un abrazo fraternal.

            Miguel Ángel Pérez Oca

sábado, 27 de marzo de 2021

LA FAZ DIVINA.

 


                                         El autor en la Romería de la Santa Faz (Dibujo del autor)


LA FAZ DIVINA

 

            Desde hace más de 500 años, el segundo jueves después del Domingo de Pascua, los alicantinos celebramos la multitudinaria romería de la Santa Faz. Nos ponemos el blusón negro y el pañuelo al cuello, cogemos de la fachada del Ayuntamiento una caña coronada de romero y marchamos 8 kilómetros por la carretera cerrada al tráfico rodado, hasta el Monasterio de la Verónica, donde se venera la Santísima Faz. La mayoría no entramos en el templo, abarrotado y con largas colas, y buscamos la sombra de un olivo o un algarrobo para comernos el bocata de tortilla y las habas tiernas y colocarnos unos tragos de vino de la tierra, antes de volvernos a casa. Es un acto de afirmación ciudadana. Nos sentimos más alicantinos, con o sin sentimientos religiosos; pero en esa mañana todos hacemos lo mismo. “Per a ser bon alacantí, tens de ser foguerer, herculá i en Santa Faz peregrí” dice el refrán.

            Eran los tiempos de los Reyes Católicos y Alicante ya tenía 3.000 habitantes y un puerto floreciente que atendía las necesidades de los dos reinos vecinos, unidos matrimonialmente: Castilla y Valencia. La ciudad crecía con nuevos edificios y con la reconstrucción de la iglesia de Santa María, que había sido arrasada por un tremendo incendio el 31 de agosto de 1484, en el que se habían dado varios fenómenos atribuidos a influencias milagrosas. En aquella época, los milagros y las reliquias relacionadas con ellos eran algo habitual. Y Alacant, próspera e importante, aún carecía de alguna reliquia que le diera prestigio.

            Fue por entonces cuando mosén Pedro Mena llegó de Roma para hacerse cargo de la parroquia de San Juan. Llevaba en su equipaje una imagen de Cristo, de estilo bizantino, que le había regalado el cardenal Rodrigo de Borja, futuro papa Alejandro VI. El padre Mena guardó el regalo en un baúl sin darle mayor importancia, pero en 1489 una cruel sequía asolaba los campos de la comarca, y el 17 de marzo se acordó sacar el lienzo con la Faz de Cristo en rogativa por los campos. Y al llegar al lugar donde hoy está el monasterio, al sacerdote que lo portaba en alto empezaron a pesarle los brazos, y se interpretó como un signo del Señor que quería quedarse en ese lugar, a la vez que una lágrima surgía de su ojo derecho. ¡Milagro! El 25 de marzo se organizó una nueva procesión en demanda de lluvia, que llegó a las vecindades del convento franciscano de Los Ángeles y allí, al pie de un pino muy frondoso, dio un sermón fray Benito de Valencia, probable émulo de Sant Vicent Ferrer. Y en el momento cumbre de alzar el lienzo ocurrió el prodigio: el fraile se puso a levitar “hasta el alto de una pica” y el lienzo se desdobló en tres, mientras en el cielo se formaba una nube en forma de cruz y se ponía a llover, empapando los campos sedientos.

            Los historiadores locales determinaron que tras el icono bizantino se ocultaba el verdadero lienzo de la mujer Verónica, con la impronta del rostro de Jesús, la Santísima Faz. E inmediatamente se construyó el monasterio, que acabó regentado por las monjas clarisas. Y hasta ahora.

            El caso es que Alacant ya tenía su símbolo sacro, venerado por marinos y ciudadanos. Incluso Juan Sebastián Elcano le hizo una promesa desde las turbulentas aguas del Pacífico. Y, seguramente, por la influencia ganada por el puerto y la inigualable reliquia – nada menos que el verdadero rostro del Jesús –, el rey Fernando el Católico otorgó el rango de Ciudad a la hasta entonces Villa de Alacant, el 26 de julio de 1490.

            Sin embargo no todos los miembros de la Iglesia estuvieron siempre conformes con la autenticidad de la reliquia. En 1760 hubo una gran controversia entre el jesuita José Fabiani, hermano del deán de San Nicolás y sobrino de la abadesa del Monasterio, que reclamaban un culto distinguido para la reliquia, y el resto de las órdenes religiosas de Alacant, que dudaban de su autenticidad y conspiraban contra los jesuitas, que pronto iban a ser expulsados de España. Participaron en la discusión eruditos como Mayans y Sales, alguno de los cuales sostenía que la Verónica no figura en ninguno de los Evangelios y que Verónica se deriva de los términos “Vero Icono”, o retrato verdadero. Y ese año, las órdenes religiosas se negaron a participar en la romería.

            A Alacant, el reinado de los Reyes Católicos le fue muy bien; si prescindimos de la vergüenza de ver en nuestro puerto la marcha al exilio de los judíos expulsados de España por el celo fanático de Sus Majestades Católicas. Fue una pena y una injusticia, solo superada, un siglo más tarde, con la expulsión de los moriscos y los consiguientes desmanes de la Inquisición, que nos cubrieron a los españoles de gloria. Qué le vamos a hacer.

miércoles, 17 de marzo de 2021

SANT VICENT

 

SANT VICENT

 

            Sobre la puerta de las murallas que guarecen la ciudad vieja de Vannes, en Francia, hay una hornacina con una imagen de “Saint Vincent Ferrier”, que murió en dicha ciudad en 1419, y en cuya catedral, sita en la Place Valencia, se guardan sus restos. San Vicente Ferrer (Sant Vicent para los valencianos) fue un fraile de gran influencia en la Iglesia de entonces, que sufría una grave crisis llamada Cisma de Occidente, hasta el punto de haber tres papas disputándose el solio de San Pedro. Vicent Ferrer, eminente teólogo, dio su apoyo a Benedicto XIII, el papa Luna, con sede en Aviñón, hasta que con ocasión de la elección de Martín V en Roma, en 1417, se acabó el cisma y Ferrer retiró su apoyo al papa aragonés, que acabó aislado del mundo en Peñíscola. También intervino decisivamente en el Compromiso de Caspe, que resolvió el vacío de poder habido en la Corona de Aragón a la muerte sin descendencia de Martín el Humano. Con su gran elocuencia consiguió convencer a los demás compromisarios de que nombrasen rey al Trastámara  Fernando de Antequera.

            Sin embargo, el prestigio de Ferrer se debía ante todo a la predicación incansable que realizaba mientras viajaba por todo el Orbe Cristiano. Eran famosos sus sermones y sus milagros. Y en sus intervenciones solían darse conversiones de judíos y curaciones repentinas de toda clase de enfermos y endemoniados. Algunos de estos milagros, debidos sin duda a la inventiva popular, llegan a rozar lo cómico, como aquel de un albañil que cayó de un andamio y Vicent Ferrer, entonces aún modesto frailecito, dejó suspendido en el aire mientras iba a pedir permiso a su prior para bajarlo suavemente y que no se hiciera daño. Sin embargo, su antisemitismo, por motivaciones religiosas, despertaban el odio a los judíos y moriscos, hasta el punto de darse enfrentamientos trágicos después de alguno de sus sermones. Seguramente, él no era consciente del daño que causaba a personas honorables e inocentes, pero su celo religioso se imponía a cualquier otra consideración.

            En la fachada de nuestra concatedral de San Nicolás hay una placa que conmemora la visita de San Vicente Ferrer a esta ciudad en 1411. Alacant acababa de salir de una de las terribles epidemias de peste que la asolaron en la Edad Media, y el miedo y la necesidad de consuelo religioso perduraban en el alma de los alicantinos. Y así, hacía días que por las calles se extendía la noticia: “Que ve el pare Vicent, que ve el pare Vicent”. Y una tarde, aparecía Vicent Ferrer montado en un pollino a las puertas de la villa. Lo acompañaban otros frailes y sacerdotes y lo esperaba una multitud de penitentes con la espalda descubierta para azotarse hasta sangrar. La mayoría de los judíos de la vecindad se habían apresurado a viajar a otras ciudades, a casa de algún familiar o amigo, en previsión de posibles daños; mientras otros, dispuestos a salvar sus negocios, se habían quedado para asistir a la misa y pedir el bautismo.

            Después de dormir en algún convento, como el bendito que era, Vicent Ferrer se levantaba muy temprano y se fue al estrado que habían preparado las autoridades en la portada de la iglesuela “Novella de Fora”, frente al descampado donde ya lo esperaba la totalidad del pueblo. Se decía que el orador tenía la facultad milagrosa de hablar a la vez en todas las lenguas. Y así, aunque él se expresaba en valenciano, todos lo entendían, cada cual en su idioma propio, ya fueran franceses, ingleses, italianos o borgoñones. O al menos, eso decían ellos, para no incomodarse con nadie. Pues bien, Ferrer comenzaba su discurso recomendando la modestia y la castidad a las mujeres, la honradez y la caridad a los hombres, y a los padres la conveniente educación de los niños; pero cuando el ambiente se iba caldeando, no se privaba de condenar los pecados de los paganos y en anunciar la pronta venida del Anticristo, personificado en judíos y musulmanes. Y la histeria apocalíptica iba in crescendo, y empezaban a darse los desmayos, los ataques de epilepsia, las curaciones milagrosas, los alaridos de arrepentimiento y vergüenza por pecados pasados. Y los judíos presentes se rasgaban las vestiduras y pedían el bautismo con gritos lastimeros. Y así, tras la general catarsis, el pare Vicent montaba en su pollino, bendecía a los presentes y se marchaba a otro pueblo donde la feligresía necesitase de sus consuelos.

            A Sant Vicent Ferrer se le atribuyen más de 800 milagros, y 36 años más tarde de su muerte ya era proclamado santo; aunque ya se le denominaba así en vida por parte de sus más incondicionales fieles. Él fue uno de los pilares de la consolidación de la entidad valenciana que se estaba gestando entonces, con el predominio del idioma catalán sobre el habla de aragoneses y castellanos, y convertido ya, con sus peculiaridades, en el idioma valenciano. Cada época ha tenido sus personajes emblemáticos: hoy deportistas, estrellas del rock, influenzers… En la Baja Edad Media el personaje indiscutible fue Sant Vicent Ferrer.