martes, 30 de septiembre de 2014

INVITACIÓN A LA PRESENTACIÓN DE MI LIBRO.

El jueves día 16 de octubre próximo, a las 20 horas, en el salón de actos del Club Información, de la Avenida del Dr. Rico, 17, de Alicante, tendrá lugar la presentación de mi libro "ALICANTE, BIOGRAFÍA DE UNA CIUDAD". Después de dos años de trabajo, por fin mi libro ve la luz. De hecho ya está a la venta en varias librerías de esta ciudad. Aquí os pongo la invitación al acto al que espero acudáis todos, y en el cual os firmaré con mucho gusto un ejemplar.
¡OS ESPERO EL DÍA 16!
GRACIAS.

Miguel Ángel Pérez Oca.

TODA LA CULPA LA TIENE EL PUTO DINERO.




En la Tertulia de la Bodega Adolfo de ayer teníamos que escribir sobre "El Paraíso" y yo escribí esto que os pongo a continuación y que me salió un tanto marxista. Qué le vamos a hacer, cada cual cree en lo que le da la gana, ¿verdad? Pues eso.

LA ISLA PARAÍSO.
Le iba muy bien aquel nombre, porque era realmente un lugar paradisíaco, tanto por su paisaje y su clima deliciosos, como por el carácter de sus nativos. Vivir allí era muy fácil. La laguna interna de su atolón estaba llena de peces muy sabrosos y nutritivos, y la frondosa vegetación que crecía en las faldas de su volcán apagado rebosaba de frutas y verduras silvestres; de modo que el sustento de sus mil habitantes estaba garantizado. Los paradisianos no llevaban ropa y carecían de los sentidos del pudor y de la propiedad. No tenían ninguna religión, salvo el respeto y la admiración más profunda por la Naturaleza a la que llamaban Gran Madre. Practicaban el sexo libre y ningún cuerpo pertenecía a nadie en exclusiva. Los niños que nacían eran hijos de todos y por todos eran cuidados. El fruto del trabajo de los paradisianos, ya fueran productos artesanos, herramientas, artes de pesca o la simple recolección o captura de alimentos, se depositaba en una gran choza que ellos llamaban la Casa Grande, y cada uno se llevaba de ella lo que necesitaba. La isla se regía por unas normas sociales muy sencillas y las decisiones se tomaban en asambleas que se celebraban frente a la Casa Grande, y en las cuales todos tenían derecho a voto por igual: hombres, mujeres y niños. El único delito reconocido por los paradisianos era la insolidaridad, y el castigo a esa actitud era la expulsión del culpable al lejano continente. Aquella gente era muy feliz.
Pero un día ocurrió la desgracia. Un gigantesco barco de tres palos apareció una madrugada varado en los arrecifes. Sus tripulantes habían intentado llegar a la costa a nado y se habían ahogado todos. A bordo se hallaron varios cofres llenos de unos pequeños discos metálicos de color amarillo brillante. Los contaron y vieron que había un millón; así que los repartieron entre todos los vecinos, tocando a mil disquitos cada uno; y ahí empezaron las tribulaciones. El orden perfecto se había roto.
Hubo quien, para librarse de la molestia de perder la mañana pescando para todos, cambió con otro vecino algunos de aquellos disquitos por un pescado. Otros compraron fruta por el mismo procedimiento, o una hamaca, o un cuchillo de obsidiana. Y pronto surgieron los que se mostraron muy hábiles en el arte de atesorar disquitos, comprando y vendiendo cosas a diferentes precios. Alguno se quedó enseguida sin capital y, dado que la Casa Grande estaba vacía de productos, tuvo que pescar o recolectar frutos para los que ya empezaban a ser ricos. Y de este modo, en la isla Paraíso empezó a haber obreros y patronos. Un día, los hombres ricos celebraron una asamblea privada donde acordaron legislar un código cuyo cumplimiento impondrían a toda la población. Estos eran sus preceptos: El gobierno de la isla lo ejercería un Consejo, presidido por el más rico en nombre de la Gran Madre, que pasaría a llamarse Gran Padre. Las mujeres serían propiedad del hombre que las comprase en subasta – así que los más ricos poseerían muchas mujeres hermosas -. Los hombres y las mujeres deberían ir vestidos. No se permitiría el sexo libre, sino que se practicaría solo en el seno familiar. Cada padre daría su apellido a los hijos varones, que heredarían sus propiedades. Los bienes se comprarían y venderían en un mercado instalado en la Casa Grande. Para pescar, recolectar y vender habría que pagar una licencia al Consejo. Y para guardar el nuevo orden se contrataría a los hombres más forzudos y violentos, que impondrían estas normas a todos los súbditos. Los castigos serían de azotes o de horca, según los delitos.
Al cabo de unos años, los ricos eran cada vez más ricos y los pobres cada vez más pobres. En una isla llena de alimentos había quien se moría de hambre, y los guardias reprimían cualquier protesta. El descontento de los miserables con la casta dominante fue creciendo; hasta que un día se rebelaron y, tras una sangrienta batalla contra los guardianes del orden, capturaron a todos los ricos y los echaron al mar, junto con sus disquitos metálicos. El código fue abolido y se regresó a las viejas y sanas costumbres.

Y así fue como Paraíso volvió a ser libre y digna de su nombre.           
                                                                                                    M. Á. Pérez Oca.

martes, 23 de septiembre de 2014

RECOMIENDO ESTE BLOG.



Mi amigo Elías Gomis tiene un blog muy recomendable, donde aparecen fotos bellísimas e interesantísimas sobre la Naturaleza. Esta vez ha hecho una presentación excelente de mi libro ALICANTE, BIOGRAFÍA DE UNA CIUDAD, con una foto en la que estamos los dos tomándonos unas horchatas en una heladería de la Plaza de Manila. No os lo perdáis. El blog se llama "Hoy no sé ni quién soy" y para entrar tenéis que pedir:  eliasgomis.blogspot.com.es  .
Os gustará. Las fotos son magníficas (no la mía, sino las de los pájaros y los paisajes).

Miguel Ángel Pérez Oca.


DATOS DE LA PRESENTACIÓN DEL LIBRO.




Si queréis saber más sobre la presentación de mi libro "ALICANTE, BIOGRAFÍA DE UNA CIUDAD", podéis entrar en  www.clubinformacion.com  que es el blog del Club Información donde, pinchando en la noticia correspondiente al día 16 de octubre, podréis leer todos los datos y noticias sobre la misma.
OS ESPERO.
Miguel Ángel Pérez Oca.

¡YA ESTÁ AQUÍ EL LIBRO!




Ayer me llamó Fernando Linde, de la librería "80 Mundos" de Alicante, para decirme que ya han llegado los ejemplares de mi libro "ALICANTE, BIOGRAFÍA DE UNA CIUDAD". Yo ya los he visto y la edición tiene un formato muy original y una presentación estupenda, con muchas ilustraciones. Estoy francamente satisfecho y agradecido con el trabajo de Editorial Temporae y su director Miguel Tébar. Solo siento una cosa: Me hubiera gustado que en su contraportada figurase el escudo del Ayuntamiento de Alicante, de la Diputación o del Instituto de Cultura Juan Gil-Albert, pero, por lo visto, la crisis no perdona y ninguna institución oficial de Alicante me ha ayudado en la edición. Y sin embargo he sido muy afortunado con esta falta de ayuda; porque me he tenido que buscar la vida en Madrid, y eso me ha permitido conocer a un estupendo editor cuya gran profesionalidad ha hecho posible esta edición que, de haberse hecho aquí, no hubiera resultado tan hermosa.
Os espero a todos y todas el día 16 en el Club Información.

Miguel Ángel Pérez Oca.

jueves, 18 de septiembre de 2014

SOY AIRE.

Y como me sentía un tanto poético y metafísico, escribí este extraño poema, que también presenté a mis compañeros de la Tertulia Literaria de la Bodega Adolfo. Perdonadme el atrevimiento:

                                Fotografía de Toni Soler.

SOY AIRE

Un día fui estrella
y ahora soy aire.
Como tú, como todo cuanto vive en este mundo.
Soy aire, evanescente y mudable,
transparente y leve.
Brisa y vendaval,
nube y arco iris.
Aire, solo aire, todo aire.
Nunca fui tierra ni polvo al que hay que volver.
No.
Porque siempre, siempre he sido aire.
Tan relativo como el tiempo,
tan mudable como sus instantes,
tan leve como la memoria,
tan inseguro como los sentidos,
tan maravilloso como toda la vida que nace del aire y vuelve al aire.
Es el milagro del ser vivo y consciente, que somos tú y yo.
¿Sabes?
Las hojas verdes hacen del aire la urdimbre de su materia orgánica
y nos devuelven el oxígeno para que respiremos.
Y ese es el portento del que piensa y siente sin dejar de ser aire.
Lo sé.
Sé que fui astro y soy viento,
que he sido hoja tierna, flor colorida, mariposa bella, diligente hormiga,
quizá serpiente, gacela, lobo, ser humano; muchas veces.
Y volveré a ser cambiante y multiforme, eternamente distinto:
Como una flor, un pez, un insecto, una alimaña, un filósofo de nuevo…
Porque soy la vida.
 Y soy aire, brisa, huracán, nube y arco iris.
Y un día,
que adivino tras un remoto horizonte,
regresaré a las estrellas.


Miguel Ángel Pérez Oca.

ANGELINA JOLIE Y LA SENSUALIDAD.

La sensualidad era el tema de la pasada reunión de la Tertulia Literaria de la Bodega Adolfo. Yo escribí esto que os pongo ahora. A ver qué os parece.



SENSUAL ANGELINA.
Si alguien me pidiera que evocase una imagen paradigmática de la sensualidad, lo tendría muy fácil. Para mí, la sensualidad en persona es Angelina Jolie. Sé que hay mujeres más exuberantes, más… apetitosas. Esas serían las macizas, las buenorras, las despampanantes, pródigas en curvas mórbidas y demás invitaciones orgánicas al sexo puro y duro. Angelina, sin embargo, es otra cosa. Sus ojos magnéticos, sus labios desbordantes, sus pómulos perfectos, pero sobre todo el uso que sabe hacer de ellos, la convierten en una hembra obsesionante y dominadora, capaz de fagocitar la voluntad del más poderoso de los machos. Además, uno sospecha que tras ese rostro turbador reina una personalidad todavía más fascinante. Angelina, en fin, solo tiene un defecto: es hija del insufrible Jon Voight; pero de eso ella no tiene la culpa. Por nadie que pase.
Digo todo esto porque anoche soñé con la sensual Angelina. Yo estaba sumido en mi  recurrente pesadilla del laberinto. Sería cuestión de que un buen psicólogo - no uno de esos charlatanes freudianos que tanto abundan y tan poco valen - descifrase el significado de este mal sueño habitual que me llena de angustia. Siempre ocurre en el seno de un enorme y oscuro edificio en construcción, repleto de andamios, montones de ladrillos y sacos de cemento que perturban el libre tránsito por sus habitaciones y pasillos a medio terminar, entre grises estructuras de hormigón que reciben a duras penas las mortecinas luces de una ciudad durmiente. Escaleras truncadas, pozos de ascensor sin protección y tabiques inoportunos me impiden la salida al exterior, a una calle nocturna y solitaria por la que podría regresar a mi casa y a mi cama, donde concluyese de dormir en paz. Y mi agonía crece y mi corazón se acelera hasta encabritarse de pánico. Quiero despertar, pero no puedo porque para volver en mí tendría que estar en la cama y no en medio de este maldito inmueble del que no sé salir.
Anoche me debatía en esa atmósfera terrorífica, cuando, recortada contra la penumbra, una silueta humana se interpuso en mi camino. Nunca hasta entonces había soñado con otras personas en mi laberinto. Nunca antes una presencia extraña me había sobresaltado así. De hecho, siempre supuse que el laberinto estaba dentro de mi cabeza y que nadie podía acceder a él sino yo. Por eso me detuve y forcé la vista para distinguir los rasgos del intruso. En ese instante, las lejanas luces de un automóvil que circulaba por alguna calle vecina iluminaron su rostro… ¡Era nada menos que Angelina Jolie! La misma Angelina Jolie de las películas; la mujer más sensual e impresionante que podría imaginar o soñar. Vestía un amplio mono de albañil, solo ceñido a su cintura, de modo que su silueta corporal apenas se insinuaba bajo la basta tela azul, manchada de cal y cemento. Pero eso no le robaba atractivo, ni mucho menos sensualidad. Porque la sensualidad de Angelina no está en su cuerpo, como ya he dicho, sino en su rostro, en su personalidad envolvente. Dirigió hacia mí su mirada magnética y me sonrió con sus labios gruesos, casi inconcebibles…
-Sígueme – me dijo y comenzó a caminar delante de mí.
Yo la seguía atónito. Incluso viéndola de espaldas adivinaba su mirada increíble y su sonrisa enigmática. Fui tras ella por escaleras y pasillos inmersos en el ambiente irreal, descolorido y crepuscular propio de un sueño.
Y de pronto me vi en la puerta de la calle.
Angelina se volvió hacia mí y me congeló con la mirada, a la vez que me hacía arder con una sonrisa donde la ironía y el misterio me encogían el ánimo.
-Ya puedes volver a tu casa – susurró, y se retiró a un lado.
Yo salí al exterior. Estaba amaneciendo y las primeras claridades se insinuaban más allá de la ventana de mi dormitorio. Me giré para agradecer a Angelina que me hubiera sacado de la pesadilla, pero detrás de mí solo estaba la almohada.      

                                                                                                   Miguel Ángel Pérez Oca.