martes, 18 de febrero de 2014

¡SALVAJES!



Sí, señor, nosotros, los europeos, "los occidentales", somos el Mundo Civilizado, ¿no lo sabían ustedes? Ya lo demostramos con creces en las pasadas dos Guerras Mundiales, en el holocausto, en las bombas de Hiroshima y Nagasaki, y antes aún, en la colonización de los "paises salvajes" , a los que teníamos la sagrada misión de civilizar. ¿No se acuerdan ustedes del DOMUND y las huchas con cabezas de negritos? Había que convertir a los africanos, a los chinos y a los amerindios al cristianismo; así, cuando los exterminásemos o los matásemos de cansancio y hambre, podían ir al cielo ( si se habían confesado y comulgado previamente, por supuesto). Así que, ¿de qué se extrañan? Se escandalizan de que en las vallas de Ceuta y Melilla se hayan puesto alambradas con cuchillas y de que a los pobres subsaharianos que intentan llegar nadando a las costas de nuestra sagrada Patria Europea, se les reciba con botes de humo y disparos, provocando la muerte por ahogamiento, o por estupor y decepción, de muchos de ellos. ¿De verdad se escandalizan? Será que no conocen nuestra historia, nuestra vergonzosa historia. No ha habido nunca pueblos y naciones más salvajes que los que constituyen Europa y sus herederos blancos norteamericanos.  ¿Por qué se creen que durante tanto tiempo hemos cortado el bacalao en el Mundo? Los chinos inventaron la brújula, la pólvora y la imprenta, pero fuimos nosotros los que utilizamos esos inventos para navegar en busca de la explotación de pueblos pacíficos y desarmados, ignorantes poseedores de riquezas que deseábamos, para fabricar armas terribles, para imprimir panfletos justificadores de nuestros latrocinios. Y aún nos extraña que nos odien.
Inventamos la Democracia, es cierto, pero solo para nosotros, y solo para la política, que la economía ha estado siempre en manos de los amos de toda la vida; y el que tiene el dinero tiene el poder. Así que, en las condiciones socio económicas en las que se ordena nuestra sociedad, nuestro voto vale lo que vale el papel higiénico. Ya lo ha dicho un conocido archimillonario americano: "Existe la lucha de clases, pero es la mía la que está ganando".
Yo, la verdad, me avergüenzo de ser europeo, de pertenecer a esa élite de piratas mundiales, blancos y creyentes, que viven a costa de los demás habitantes del planeta y que están destruyendo el Mundo en una vorágine de consumismo irracional; y que han implantado un sistema desvergonzado e injusto, el asqueroso Capitalismo, que va a terminar por devorarnos a todos, incluidos sus dueños. Hace falta ser idiota para no darse cuenta de que somos una plaga, una desgracia del planeta que nos sufre y que al final acabará castigándonos a todos, a los unos por culpables, a los otros por indiferentes.
Y es que nosotros somos los salvajes, los verdaderos salvajes, y no esos pobres hermanos que quieren llegar a nuestra supuesta lujosa mansión, cimentada sobre la sangre y la desvergüenza, para salir de la miseria a la que les hemos condenado.
Concertinas, botes de humo, balas de goma, vallas, muros, fronteras... Y un ministro que invoca el brazo incorrupto de Santa Teresa y se queda tan pancho, sin dimitir ni nada.
¡SALVAJES!
                                                                                                     Miguel Ángel Pérez Oca.

CIENCIA Y POLÍTICA, ¿QUIÉN MANDA?



Bueno, resulta que nuestra Generalitat no está conforme con la definición de Valenciano que ha elaborado la Academia de la Lengua Valenciana, equiparando lo que se habla por aquí con el Catalán. Y la rechaza porque "no respeta lo establecido en nuestro Estatut d'Autonomía".
Y, claro, que esa definición la hayan elaborado filólogos de reconocido prestigio en el ámbito de la ciencia lingüística no tiene ninguna importancia si nuestros ilustrados y cultísimos políticos de la derecha dogmatizan otra cosa. Así que lo que digan los políticos tiene, por lo visto, mayor autoridad que lo que digan los científicos.
Pues, ya está, si es así, tenemos resuelta la crisis: ¡QUE EL PARLAMENT VALENCIÁ DEROGUE LA LEY DE LA GRAVEDAD! Total, esa ley la instituyó un científico sin importancia, un tal Sir Isaac Newton, que aunque durante una temporada ejerció de político en el Parlamento Inglés, su única intervención fue para pedir que cerraran una puerta, porque había corriente.
Si nuestros excelsos políticos pueden eliminar la vigencia de lo establecido por la ciencia, que piensen qué leyes de la Física, la Biología, la Química y las Matemáticas podrían derogar para ayudarnos a salir de la debacle económica en la que estamos sumidos. Yo, ya lo he dicho, propongo que dejen sin efecto la dichosa Ley de la Gravedad, culpable de tantos accidentes y tanto gasto de energía.
Porque lo que tienen que hacer los científicos es dejarse de leer tonterías de Hawking, Penrose, y demás enterados; y que lean más el Marca, como hacen nuestros políticos, que ellos sí que saben.
Y ya está, ¡qué collons!
                                                                                                   Miguel Ángel Pérez Oca.

MEMORIA, MEMORIA...



En la última sesión de la Tertulia de la Bodega Adolfo tocamos el tema de la memoria, y yo escribí esto:

EL INSOPORTABLE PESO DE LA MEMORIA.
            Cuando el abuelo venía a casa a pasar los fines de semana, toda mi familia cambiaba de aspecto. Mi padre, generalmente un hombre alegre y amable, se encogía ante aquel viejo terrible. Mi madre se encerraba en la cocina y se dedicaba a guisar, a planchar o a coser como si en toda la semana no hubiera tenido tiempo de hacer esas cosas. Mi hermana Doloritas desaparecía y se pasaba el sábado y el domingo con sus amigas, evitando así cruzar la mirada con el anciano. Yo era demasiado pequeño para comprender ciertas sutilezas y aún no me había percatado de la incomodidad que provocaba en mis allegados la presencia de mi abuelo Marcial.
Aquel hombre impresionaba por su aspecto y su actitud. Ya estaba más cerca de los cien años que de los noventa, pero su espalda permanecía increíblemente derecha. Su rostro enjuto, su mirada fiera y glauca bajo unas pobladísimas cejas blancas y, sobre todo, la nívea presencia de un enorme bigote que contrastaba con el recio y corto cabello castrense que coronaba su cabeza, no podían dejar a nadie indiferente. Habría que haberlo visto con su uniforme de general, cuando aún ejercía su profesión militar.
            Aquel sábado, a la hora de la sobremesa, mi madre se había refugiado de nuevo  en la cocina, mientras mi padre dormitaba frente al televisor y yo jugaba en el suelo con el tanque que me había regalado el abuelo con motivo de mi sexto cumpleaños. En eso, mi hermana Doloritas cruzó el salón, camino de la calle.
            -Adiós a todos, me voy a la manifestación – había dicho a mi padre con un beso y se acercó al abuelo para repetir la despedida. Llevaba puesta una camiseta malva en la que se podía leer “NOSOTRAS PARIMOS, NOSOTRAS DECIDIMOS”.
            -¿A qué manifestación? – preguntó el abuelo, taladrándola con la mirada.
            -A la de apoyo a la Ley del Aborto de Zapatero – contestó Doloritas con naturalidad.
            -¿Cómo te atreves? – aulló el viejo, temblando de ira - ¿No sabes que la vida es sagrada y que el aborto es un pecado contra la Ley de Dios? ¿Eso te enseñan tus padres? – y después de tomar aliento gritó: ¡El aborto es un crimen repugnante!
            Sorprendentemente, Doloritas permaneció impasible ante el viejo, mientras mi padre se encogía más aún en su sofá y mi madre no se atrevía a salir de la cocina.
            -Es curioso, abuelo – respondió mi hermana en un tono irónico, impropio de una jovencita de dieciséis años - ¿Por qué será que los que condenáis el aborto, en nombre de la vida, no condenáis la pena de muerte? Aquí ya no hay ejecuciones, gracias a la Democracia, pero en América y en China, sí; y nunca te he oído protestar por ello.
            El abuelo había perdido el dominio de la situación.
            -No es lo mismo, los ajusticiados son criminales.
            -Pero la vida es sagrada, ¿no?  – respondió mi hermana - Incluso la vida de los 200 infelices que condenaste a muerte después de la guerra, cuando eras juez militar.
            El abuelo palideció. La memoria se puede volver insoportablemente pesada, cuando alguien nos obliga a rescatarla desde los abismos de una forzada amnesia.
            -¡Esos eran rojos! – gritó el abuelo, fuera de sí - ¡Criminales comunistas!
            -¡Mentira! – le contestó Doloritas, impertérrita – Los había de todos los partidos, de Izquierda Republicana, anarquistas, socialistas, y hasta una pobre chica analfabeta de mi edad, a la que fusilasteis por “pegar panfletos subversivos”. ¿Dónde estaba entonces tu respeto “cristiano” a la vida, viejo fascista?
            El abuelo saltó del sillón como empujado por un resorte y alzó su huesuda mano hacia el rostro de mi hermana; pero del lugar que ocupaba mi padre salió una voz poderosa: ¡No te atrevas a pegar a mi hija! ¡Ella vale más que tú y que yo!

            Y el viejo juez militar, con la cara descompuesta y temblando de pies a cabeza, se marchó de casa y no volvió nunca más a visitarnos.            
                                                                                                                 Miguel Ángel Pérez Oca.

jueves, 13 de febrero de 2014

EL DICHOSO PÉNDULO



En la pasada reunión de la Tertulia de la Bodega Adolfo teníamos que leer el cuento de Edgar Allan Poe "El pozo y el péndulo" y escribir sobre ese mismo tema: El Péndulo. Recordé mi visita a Frombork, el hogar de Copérnico, donde hay instalado un péndulo de Foucault, y escribí lo que sigue:

EL PÉNDULO DE FROMBORK.
            Plisssss….. Plasssss….. Plisssss….. Plasssss…..
            El péndulo oscilaba lentamente sobre el círculo de mampostería en cuyo borde alguien había colocado un pequeño taco de madera. La varilla que salía por debajo de la pesada esfera metálica pasaba cada vez más cerca del frágil obstáculo.
            -Fijaos bien, que ahora viene lo bueno – advirtió el profesor Szilowski a sus alumnos, que fijaban su mirada en el peso oscilante que colgaba de un larguísimo cable por el interior de la torre de Frombork, la ciudad donde vivió y murió Copérnico.
            Plisssss….. Plasssss…..
            -León Foucault, un físico francés del siglo XIX, demostró mediante este experimento con un péndulo…
            Plisssss….. Plasssss…. Plissss ¡TOC! – La varilla del péndulo tropezó al fin con el taco de madera y lo lanzó a los pies de los sorprendidos estudiantes.
            - … que la Tierra gira sobre su eje. Porque el sentido del movimiento de un péndulo no cambia de dirección, debido a su propia inercia, así que quien gira es el planeta donde el péndulo está instalado.
            Los muchachos y muchachas dejaron escapar una apagada exclamación.
            -Pero este péndulo nos puede desvelar otras cosas del Universo, todavía más maravillosas… Fijaos, permaneced en absoluto silencio y tratad de oír el suavísimo murmullo del aire que roza con el péndulo en sus oscilaciones.
            Se hizo uno de esos silencios de los que se dice que se podría cortar con un cuchillo.
            Plisssss….. Plasssss….. Plisssss…. Plasssss…..
            -¿No apreciáis nada de particular en ese sonido casi imperceptible? ¿Diríais que suena igual cuando el péndulo viene hacia nosotros que cuando se aleja?
            -El… el sonido parece más agudo cuando se nos acerca y más grave cuando se va… – se atrevió a decir Pawel, que para eso era el empollón de la clase.
            -¡Exacto, muy bien! Ese es el Efecto Doppler. Cuando el péndulo se nos acerca, ambos, el sonido y su fuente, van en la misma dirección, mientras que cuando se nos aleja llevan direcciones opuestas, y esto afecta a la longitud y frecuencia de las ondas. De ahí que el sonido resulte más agudo o más grave.
            -¿Y eso qué tiene que ver con el Universo? – preguntó con desparpajo la pecosa Natacha.
            -Pues verás – le contestó el viejo profesor - Doppler descubrió el efecto que lleva su nombre en el sonido. Pero el físico Fizeau buscó ese mismo principio en la luz y observó que esta también presenta un corrimiento hacia el extremo rojo o azul del espectro según el cuerpo emisor se aleje o se acerque a nosotros…
            -¿Y qué…? – persistió la insolente Natacha.
            -Pues que este fenómeno, aplicado a la luz de las galaxias, permitió al astrónomo Hubble descubrir que todas se alejan de nosotros en un Universo en expansión y que, vista la velocidad de esta expansión y la distancia actual a las galaxias, nuestro Universo tiene una edad de unos 14.000 millones de años. Y que debió surgir de una enorme explosión inicial: lo que llamamos el Big Bang…
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-¡Qué juego tan estupendo has inventado, hija! – dijo admirado Zeus a Juno, que parecía absorta ante su ordenador - O sea que has hecho creer a estos seres virtuales, que viven en un Universo en expansión… ¿Y se lo creen? ¿No saben que la Tierra es plana y está inmóvil en el centro del Mundo? Eres tremenda, chiquilla. Aunque me dan mucha pena esas pobres personitas imaginarias, que no saben que no existen y que son solo piezas de un juego de los dioses…  Miguel Ángel Pérez Oca.

sábado, 25 de enero de 2014

EXTRAÑAS REFLEXIONES.



El tema de la Tertulia Literaria de la Bodega Adolfo se las traía : "¿Por qué existe algo pudiendo no existir nada?" Así que mi redacción también se las traía. Como siempre la leyó Miguel Sarceda. Tenedlo en cuenta al leer mi trabajo.

¿POR QUÉ EXISTE ALGUIEN PUDIENDO NO EXISTIR NADIE?
            Me llamo Miguel Sarceda y soy el lector habitual de esta tertulia… Bueno, eso ya lo sabéis. Lo que no sabéis es que no lo estoy diciendo yo, sino que estoy leyendo lo que ha escrito el autor de este relato… ¡Coño! Esto también lo ha escrito el autor. Así que no lo digo yo… solo lo estoy leyendo, ¿vale? Me llamo Miguel Sarceda, me llamo Miguel Sarceda, uno, dos, uno, dos. Bueno, ya está bien, que yo no soy un robot, ¿eh? Que yo sé decir las cosas por mí mismo, y entonces digo lo que pienso… pero ¡me cago en la puta!, esto también lo ha escrito ese cabrón de… “el autor”. Vaya, entonces, todo lo que estoy diciendo, a pesar de que digo que lo digo yo, lo dice él, el muy cabronazo.
            Pero – me dice el autor -, ¿cómo sabes que, así como tú lees lo que yo he escrito, yo no he escrito esto al dictado de alguien? ¿Cómo sabes que ambos no actuamos siguiendo los dictados de “algo” que está por encima de nosotros? ¿Cómo sabes que yo soy libre y tú no? Y me recuerda una cita del viejo zorro Bertrand Russell: “No tenemos ningún motivo para pensar que seamos otra cosa que un enorme conjunto de billones de átomos que se comportan siguiendo las ineludibles leyes de la Física”. Y si es así, cada uno de nosotros solo puede hacer, decir y sentir lo que determina el resultado de todas las interacciones físicas de esos billones de átomos que forman lo que llamamos “Yo”, quizá erróneamente. O sea, que a lo mejor no hay nadie, ni tú, ni yo, ni ellos, si no que somos marionetas sin alma cuyos hilos mueven las Leyes de la Física, las puñeteras Leyes ineludibles de la Física, que determinan los movimientos atómicos cuya suma es el resultado infalible de una inmensa ecuación de un solo y único resultado: nuestra actitud de cada momento. Es como si nuestra vida fuese una película que vemos en el cine, intrigados por un final que en realidad ya está filmado y espera al término de la cinta para aparecer en la pantalla y mostrarnos el desenlace que se le haya ocurrido a los guionistas… Y nuestros guionistas son las leyes de la Física. Así que no existe el libre albedrío. Todo está ya “filmado”, todo está escrito desde el Big Bang, predeterminado desde el principio de los tiempos…
Bueno, que conste que estoy leyendo lo que ha escrito “el autor” de esta jodida paja mental, así que lo que digo no es de mi responsabilidad. Ni siquiera esto que estoy diciendo ahora. O sea, que incluso al hacer esta objeción, estoy leyendo lo que ha escrito el otro, el maldito otro, que a su vez es muy posible que tampoco sea responsable de lo que ha escrito, porque no puede escribir otra cosa que lo que dictan a sus átomos las cuatro fuerzas de la jodida Física. ¡Maldita Física, hija de la gran puta!
            Conque “Por qué existe algo pudiendo no existir nada” ¿eh? Pues vaya faena que nos ha hecho el nuevo contertulio proponiéndonos este tema, picando así a un cabrón racionalista dispuesto a escribir lo que, según él, le dictan sus cochinas Leyes. Puestos así, también podríamos preguntarnos qué coño somos en realidad y por qué el universo se nos manifiesta. Podríamos preguntar qué es el tiempo y por qué transcurre; qué pasó antes del Big Bang y que pasará después de la muerte; y podríamos consolarnos pensando que, del mismo modo que los colores no existen fuera de nuestra mente, ya que son la manera que tiene el cerebro de interpretar las longitudes de onda de la luz, tampoco existe el tiempo, sino que es la forma que tiene nuestro cerebro tridimensional de interpretar la cuarta dimensión del espacio-tiempo… Y también podríamos preguntar, ya puestos, de qué sirve hacerse preguntas que no tienen respuesta.
            En fin, que al autor de lo que estoy leyendo le ha debido sentar mal el vino turbio. Porque, joder, qué diarrea mental le ha dado. Y claro, como soy médico, querrá que se la cure obligándome a leer todas estas chorradas… Pues que se la cure Margarita, que para eso es su médica de cabecera. Hasta ahí podíamos llegar.   
“Por qué existe algo pudiendo no existir nada…” ¡No te jodes! 

Miguel Ángel Pérez Oca.

viernes, 24 de enero de 2014

SE NOS HA IDO MARINA OLCINA



Marina Olcina, la que fue primera mujer concejal de Alicante con tan solo 17 años, en plena Guerra Civil, falleció el pasado día 21 en Madrid, donde vivía con su hija. Era una persona entrañable, que nunca persiguió la notoriedad, comunista convencida y siempre leal a sus ideas, siempre estaba dispuesta a ayudar, a colaborar con todo aquel que la necesitara. Hermana del artista Vicente Olcina, formó parte de la Corporación Municipal del Frente Popular que se hizo cargo de nuestro Ayuntamiento, en representación de las Juventudes Socialistas Unificadas. Al término de la guerra se ocultó un tiempo en Madrid, para evitar ser apresada y probablemente fusilada. Después, según ella misma me contó, optó por entregarse y pasar un tiempo en las cárceles franquistas. Cumplida la condena, optó por exiliarse con su marido a Argelia, donde acabó trabajando de secretaria particular de un diplomático español que no podía hacerla funcionaria por sus antecedentes políticos, pero que supo apreciar su capacidad de trabajo y su competencia, demostrando que estaba por encima de los prejuicios políticos de sus jefes fascistas. Regresó a España cuando Argelia obtuvo la independencia y se mantuvo siempre en contacto con sus camaradas, arrimando el hombro, siempre dispuesta a trabajar por la causa noble de la Libertad y la Justicia. Tenía un piso en la Plaza de España, frente al Panteón de Quijano, donde yo la visité para obtener testimonios del bombardeo del 25 de mayo de 1938, con vistas a escribir mi libro "25 de Mayo, la tragedia olvidada". Me había dado su número de teléfono el locutor Vicente Hipólito y quedé con ella una tarde para tomar café y charlar. Cuando llegué a su casa, el pequeño salón estaba lleno de mujeres, familiares y compañeras alicantinas que podían contarme cosas de aquel día aciago en la historia de Alicante. Ella vivió el famoso bombardeo desde Rabasa, donde estaba haciendo un cursillo de formación de su partido, pero otras lo vivieron en las cercanías del Mercado Central, o vieron pasar los camiones llenos de cadáveres desde la casa familiar de la Plaza de España. Sus testimonios resultaron muy reveladores para mi relato y han quedado reflejados en sus páginas. Fue, con Manolo Parra, la presentadora de mi libro en la Sede Universitaria y me dedicó hermosas palabras. Después, todos los 25 de mayo nos veíamos en la Plaza del Mercado, en el homenaje a las víctimas, donde reclamábamos la erección de un monumento conmemorativo, que al fin ha sido instalado sin que Marina pudiera tener la satisfacción de ver. Su edad avanzaba (ya había superado los 90 años) y su delicada salud la retenían en Madrid. Recuerdo que hace algún tiempo recibí una llamada suya desde Madrid: "Soy Marina Olcina - me dijo - te llamaba solo para decirte que te quiero mucho. Dale recuerdos a todos los amigos de Alicante". Me emocionaron sus palabras, porque sin duda eran de una despedida. Ella sabía que se nos iba a ir, y el otro día se nos fue. Solo se ha llevado unos días con Enrique Cerdán Tato, otro correligionario suyo y campeón alicantino de la Democracia. Por deseo suyo, sus familiares trajeron sus restos a Alicante, para que reposen siempre en su querida tierra que tanto añoraba, y en el tanatorio se improvisó un funeral laico con el ataúd envuelto en las banderas de la República y de la hoz y el martillo. Siempre fue fiel a sus ideas, hasta el mismísimo final. Elocuente cuando hacía falta, discreta y amable, brillante y lúcida en sus opiniones, activa, ejemplar, siempre ejemplar.

Adios, Marina, yo también te quiero mucho. 
Miguel Ángel Pérez Oca.

miércoles, 8 de enero de 2014

DOS RELATOS DE LA TERTULIA BODEGA ADOLFO.

Bueno, pues ya hemos empezado el año. Yo sigo peleando por publicar mi libro "ALICANTE, biografía de una ciudad", aunque las instancias oficiales me dicen que tienen dificultades económicas por eso de la Crisis. Será verdad, no quiero pensar mal. Pero ese libro tiene que salir, porque hace falta para que la gente de aquí conozca su propia biografía colectiva, y porque este momento de transición hacia no sabemos dónde es el más indicado para hacer una buena recapitulación de nuestra historia local; no sea que alguien sienta la tentación de predicarnos el "borrón y cuenta nueva". Que la memoria nos hace mucha falta para que no nos tomen el pelo por enésima vez, ¿verdad?
Ahora os voy a poner la última narración que he presentado en la Tertulia de la Bodega Adolfo que, por cierto, ya no celebramos en la Bodega Adolfo sino en el Hotel Aba Centrum.
Este de ayer es un cuento un tanto desvergonzado que nos presenta dos mundos, el de encima de la mesa de un banquete muy convencional, y el de debajo de la mesa, donde se desatan las pasiones. Es una crítica a la hipocresía y la doble moral.
A ver si os gusta... y no os escandaliza demasiado.



UN VOLCÁN BAJO LA MESA.
            El sabor añejo del Oporto y del Fondillón de Alicante era el único placer no británico que se permitía sobre los manteles en los banquetes que lord Mordecay Leavit-Brunswick de la Rivera daba ocasionalmente en su mansión campestre. Solían ser las cenas que seguían a los agitados días de la caza del zorro, a las que acudía lo más granado de la sociedad de Nottingham. Clérigos de alta alcurnia, militares distinguidos, aristócratas de sangre tan añeja como los vinos del postre y algún  nuevo rico de la industria, devenido vizconde o barón mediante la compra del título a alguna familia venida a menos, se diputaban la gloria de ser los más británicos de todos los británicos presentes. La flema, las buenas maneras a la vez relajadas y severas en un alarde exquisito de equilibrio, las frases ingeniosas más insinuantes que explícitas, los chistes ingeniosos y la cortesía y finura más extremas revoloteaban sobre los manteles inmaculados y las cuberterías y vajillas colocadas en perfecto orden geométrico.
            Smith, el mayordomo, controlaba a los sirvientes con la maestría de un director de orquesta, con su inalterable sonrisa artificialmente amable, en cuyas comisuras un observador muy avisado quizá hubiera podido adivinar un cierto aire cáustico, quizá de rechazo irónico. Y es que Smith lo sabía todo, absolutamente todo; aunque su profesionalidad y su proverbial discreción hacían que se guardase para él solo todos los secretos que, como bestias salvajes, se agazapaban bajo la mesa.
            Smith sabía muy bien que, si fingía agacharse a recoger alguna pieza de cubertería caída accidentalmente al suelo alfombrado, podría haber sorprendido en plena acción a las pantorrillas del obispo Pibody y de milady Leavit-Brunswick de la Rivera frotándose frenéticamente e, incluso, enroscándose la una a la otra en un acto de desesperada lujuria. Junto a ellos, el coronel Mc Robert sufriría una dolorosa erección en su ajustado pantalón militar cada vez que cruzara su mirada con miss Tolkien-Brauning, hija del marqués de Tolkien-Brauning, que se ruborizaba al recordar el revolcón que tras unos setos se había dado con el militar unas horas antes; y más aún si hacía planes para la tórrida noche que iba a disfrutar si el aguerrido jefe de húsares se colaba en su habitación y en su cama en cuanto acabase el ágape.  Las hermanas Braun de la Belle Maisón, hijas de mister Braun etcétera, nuevo rico de la industria minera de Cornualles y Vizconde de la Belle Maisón por adquisición reciente – buenas libras que le había costado -, estaban sentadas a ambos lados de lord Westley, un jovencísimo poeta y hermosísismo efebo de lacias greñas rubias estratégicamente despeinadas. El rostro del joven se congestionaba por momentos, aunque se esforzaba por mantener la compostura, mientras sus dos jóvenes acompañantes lo masturbaban disimuladamente, por turnos, deseosas de celebrar con él otro trío erótico como el que habían culminado la noche anterior. En cuanto al jovencito Jeremy Blaiton, futuro Barón de Chitpunkake, que había venido en representación de su anciano padre, prefería dirigir su atención a las sirvientas, todas ellas mozas robustas y, seguramente, complacientes, con el fin de indicarle al mayordomo Smith cuál de ellas prefería para que pasara después a sus aposentos, donde pensaba compartirla con algún criado igualmente fornido y complaciente. Hizo una disimulada indicación con la vista y el solícito mayordomo asintió con un gesto apenas perceptible, cerrando el trato.

Sobre el mantel, la alta sociedad victoriana se mostraba en todo su esplendor, con sus maneras comedidas y elegantes, mientras bajo la mesa anidaba un volcán a punto de estallar con sus vapores piroplásticos. Más les hubiera valido a los comensales echar la mesa por el gran ventanal con vistas al jardín, quedarse todos en pelota e iniciar de inmediato la orgía salvaje que todos anhelaban. Pero eso, por supuesto, no era lo indicado. Así que, de momento, el sabor añejo del Oporto y del Fondillón era el único placer reconocido en la cena de lord Mordekay.                    Miguel Ángel Pérez Oca.

Por cierto, que el mes pasado me olvidé de poneros mi relato anterior, que se llama "El huevo indivisile a la luz de una vela" (el tema era : "La luz de las velas") y trata de lo que podéis leer a continuación:


EL HUEVO INDIVISIBLE, A LA LUZ DE UNA VELA.
            La luz temblorosa de una única vela cubría de confusas luces y sombras las desconchadas paredes del cuchitril. En su centro, una desvencijada mesa servía de peana a un único plato ocupado por un huevo frito y a unos mendrugos de pan oscuro. A su alrededor, la mujer prematuramente envejecida, que un día fuera hermosa y optimista, y dos niñas rubias de pelo crespo y rostros pecosos y pálidos, miraban con pesadumbre la que iba a ser su magra cena. No había ningún hombre en casa, se había marchado  tiempo atrás, cuando comenzaron los tiempos de la infamia que muchos llaman crisis.
            -No hay nada más para cenar esta noche – decía la madre en voz baja, avergonzada de sentirse responsable de la desgracia -. He perdido todo el día buscando trabajo y no he tenido tiempo ni dinero para comprar comida. Mañana iré a Cáritas, a ver si os puedo traer algo – y suspiró -. Comeos el huevo entre las dos. Yo me conformo con un mendrugo.
            -No, mami – dijo la mayor de las niñas, con resolución –, lo dividiremos en tres partes… Porque si tú te pones enferma, ¿quién cuidará de nosotras?
            -Pero… - intentó argumentar la mujer – un huevo frito no se puede partir en tres pedazos, porque la yema es líquida y se desparrama… Un huevo frito es indivisible.
            -Sí que se puede repartir, mami, si vamos mojando el pan en la yema, una detrás de otra, hasta terminarla y, después, la clara, que es sólida, se corta en tres partes.
            Y así lo hicieron, hasta terminar con el huevo y con el pan.
            -Ahora, vamos a dormir, hijas mías, que mañana será otro día.
            -Oye, mami, ¿por qué han dejado de darnos el almuerzo en el colegio?
            -Porque los políticos necesitan el dinero que cuesta vuestra comida para dárselo a los banqueros.
            En las palabras de la madre – que no percibía subsidio de paro ni ayuda social de ninguna clase -, se evidenciaba un rencor infinito a ciertos altos ejecutivos, de esos que se retiran con pensiones millonarias después de haber arruinado los negocios de los demás en arriesgadas operaciones especulativas, cegados por la ambición y la incompetencia.
            -¡Malditos cabrones! – fue su oración de buenas noches.
            Y así podríamos afirmar que un huevo frito solo se puede compartir cuando hay mucha confianza y cariño entre los comensales; pero que eso no es posible ni conveniente en un banquete formal, de los que celebra la gente elegante.
            A pocos kilómetros del cuchitril, en un moderno hotel, se celebraba la cena conmemorativa del tercer aniversario de una sofisticada tertulia literaria. Las mesas formaban un cuadro alrededor de un centro repleto de velas encendidas, que no estaban allí para iluminar el comedor minimalista, sino como elemento decorativo. Entre los sabrosos manjares que se servían antes del plato fuerte, en bandejas para el picoteo colectivo, había unas cuantas de patatas con jamón, coronadas, cada una, por un huevo frito. Los que ignoran el secreto del plato llamado “huevos rotos” no saben que, antes de consumirlo, hay que destrozar el huevo y desparramar la yema sobre las patatas y el jamón. Así que, ¿quién de esos ignorantes gastronómicos – tal como yo - se atrevería a cometer la descortesía de apropiarse de la yema, en perjuicio de sus compañeros?
            Cuando los camareros retiraron las bandejas de los entrantes, una desconsolada yema ocupaba el centro de alguna de ellas. La cosa habría sido distinta si cada fuente hubiera estado coronada por tres o cuatro pequeños huevos de codorniz; pero entonces el plato ya no sería de “huevos rotos”, si no de minúsculos huevos individuales.

            Lo dicho, que un huevo frito, salvo casos muy excepcionales en cuanto a los comensales o a alguna original receta gastronómica, es indivisible, por mucho que esté iluminado por una o por varias velas.                                      Miguel Ángel Pérez Oca.