El tema para la reunión de ayer en la Tertulia de la Bodega Adolfo era LA PASIÓN, y yo presenté este relato que habla de un ser privado de toda pasión. A veces las cosas se pueden definir mejor por sus opuestos. Ahí va. Espero que os guste.
EL DESAPASIONADO SEÑOR CALLAHAN.
Podría juraros que
entre todos los millones de neoyorkinos que pueblan la Isla de Manhattan y
alrededores no hay uno solo que sea más desapasionado que el señor Callahan. No
bebe ni fuma ni tiene adicciones de ninguna clase, ni se apasiona por los
deportes, el cine, la música, el sexo o cualquier otra actividad humana. Hace
unos años, el señor Callahan era el jefe comercial de una poderosa empresa,
cuya sede central ocupaba el penúltimo piso de una de las torres gemelas del
World Trade Center. Tenía allí un magnífico despacho desde donde se podía
contemplar toda la Gran Manzana,
en unas perspectivas maravillosas que él rara vez miraba y nunca admiraba.
Sentado frente a su ordenador, movía los hilos del entramado mercantil de su
compañía con una frialdad implacable: decidía los objetivos de los comerciales
a sus órdenes, imponía la productividad justo en el límite de la extenuación de
cada agente y decidía su despido si no cumplía con las expectativas. Era un
tipo duro, impasible, que nunca se emocionaba.
Aquella
mañana, nada más sentarse ante su mesa, lo sacudió el estruendo de un avión de
pasajeros que se estrellaba contra la torre vecina. Todo el mundo se puso a
gritar y hacer aspavientos, mientras él terminaba de ordenar meticulosamente sus
papeles antes de girarse y ver la inmensa nube de humo que salía de aquel
edificio.
La
gente no se lo pensó dos veces: todos dejaron lo que estaban haciendo y se precipitaron
hacia las escaleras de evacuación, presas del pánico; todos menos él, que
siguió sentado en su despacho, trabajando. Ni siquiera dedicó un minuto a ver
cómo centenares de personas, atrapadas en los pisos más altos de la otra torre,
se lanzaban al vacío, huyendo de las llamas. Pensó que era un gesto inútil
preocuparse por ellas.
Al
cabo de un rato, un espantoso crujido interrumpió de nuevo su labor. Otro avión
se había estrellado, esta vez contra su propia torre, varios pisos más abajo.
Así que, pensó, no tendría más remedio que abandonar su puesto, pero ¿por
dónde? Los ascensores no funcionaban, las escaleras se habían convertido en
chimeneas ardientes, las salidas a la terraza estaban selladas “por razones de
seguridad”. Y tuvo que admitir, tras una ligera mueca de contrariedad, que estaba
atrapado y que jamás saldría vivo de allí. Intentó llamar a su mujer para
decirle que no iría a cenar; pero no había cobertura.
Se sentó de
nuevo y analizó la situación con calma. La temperatura ascendía por momentos,
así que pronto estaría tan cocido como las langostas que servían en el
restaurante del piso 20. Y decidió que era mejor morir lanzándose por la
ventana. Abrió una cristalera y se asomó al exterior. Iba a tardar unos 20
segundos en llegar al suelo, y se preguntó en qué podría pensar mientras encontraba
la muerte por aplastamiento y traumatismos varios. En eso, una oleada de aire en
plena combustión le obligó a saltar al vacío, y se precipitó a lo largo de la
fachada encristalada. Atravesó las nubes de humo denso y caliente y vio venir
hacia él el sólido pavimento de la plaza. Mientras caía, iba recordando los
motivos por los que se casó con Sally, su esposa. No había sido por amor ni
pasión alguna, sino porque era la muchacha más saludable de la facultad, con un
historial genético muy fiable… En aquel momento, una confusa explosión estalló
a sus espaldas. El edifico se estaba derrumbando como un castillo de naipes, a
una velocidad tal que aún lo alcanzó antes de su previsto impacto contra el
suelo. La onda expansiva rebotó bajo él y lo alzó en el aire, meciéndolo como
una hoja agitada por el viento. Y en medio de una espesa atmósfera de polvo
blanco e irrespirable, se vio, de pronto, de pie sobre el asfalto, rodeado de
escombros e inexplicablemente indemne.
Se
sacudió la ropa, improvisó una mascarilla con su pañuelo mojado en el surtidor
de una cañería reventada y se puso a caminar hacia el norte. Decidió no contar
a nadie su aventura, ni siquiera a Sally. ¿Para qué, si no lo iban a creer? Así
que se olvidó del asunto y se propuso iniciar la búsqueda de un nuevo empleo en
cuanto llegase a casa. No debía perder el tiempo en sensiblerías.
Miguel Ángel Pérez
Oca.