miércoles, 9 de enero de 2019

LA PIPA Y LA FARSA.



El tema era "Pipa" y mi trabajo el que os pongo aquí:

SE ACABÓ LA FARSA.
Allí está, sobre la mesa del despacho, en su portapipas de metal. Y no sé qué hacer con ella. Porque ya no la necesito para seguir simulando que fumo. Ya se ha acabado la farsa. Y es que yo nunca he sido fumador, pero he vivido del tabaco desde que nací.  Y cuando a los 19 añitos, con mi título de Profesor Mercantil  y muchas ganas frustradas de ser astrofísico y escritor, me vi en aquella empresa de joyería, trabajando de escaparatista y dibujante publicitario por un sueldo miserable, tuve que claudicar, bueno… tuvo que claudicar mi cobardía. Consentí en hacer oposiciones a Tabacalera, como me insistía mi familia. Pero yo nunca fui fumador. Quizá algún puro en bodas y bautizos, nunca un cigarrillo, ni negro ni rubio, pese a que los tenía gratis. El recuerdo de mi padre rompiendo su pipa y echando a la basura la bolsa de tabaco, después de que el médico le dijera que peligraba su vida, contuvo mis deseos de practicar un vicio que, entonces, era signo de distinción social.
            Cuando me ascendieron a jefecillo y tuve mi despacho propio, hube de plantearme la cuestión. ¿Cómo iba a decirle a nuestros clientes fumadores: “Gracias, no me ofrezca tabaco, porque no fumo”? Y comencé a interpretar la farsa. Me compré una pipa y la coloqué sobre mi mesa, muy visible en su portapipas. “No, gracias, yo solo fumo en pipa”, decía a mis visitas. Y hasta de vez en cuando, la encendía y le daba tres o cuatro chupadas, para disimular.
            Y conforme el tabaco iba perdiendo prestigio social, yo me avergonzaba de mi pipa. Cada vez que la noticia de un fallecimiento por cáncer de pulmón llegaba a mis oídos, yo me sentía como un “camello” vendedor de una droga mortal y maldita, y me sonrojaba sin saber cómo justificarme.
            Pero hace días mi jefe me llamó al despacho y me explicó que la empresa había convocado un ERE, que las condiciones para la prejubilación eran muy buenas y que no tenía más que firmar el impreso que me mostraba. Ni siquiera me molesté en leer el documento, cogí un bolígrafo y firmé. Se acabó la farsa. Ahora, libre de obligaciones, podría dedicarme a mi vocación de escritor. Podría contar a los demás todas mis inquietudes, denunciar todas las injusticias, contar las historias que rondaban mi cabeza desde hacía tantos años… y no necesitaría para nada tener la enojosa pipa sobre mi mesa de trabajo. Quizá, incluso, algún día me atrevería a confesar por escrito mi vergonzoso pasado de farsante.
            He recogido mis cosas en una caja de cartón, he invitado a mis compañeros a un refrigerio de despedida y, ahora, cojo la pipa, el dichoso portapipas y la cajita del tabaco, y lo meto todo en una bolsa de plástico. Cuando salga por la puerta, libre aunque arrepentido de una vida de mentiras, echaré la bolsa en el cubo de la basura y no volveré la vista atrás. Se acabó la maldita farsa. 

                                                                       Miguel Ángel Pérez Oca.

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