
"Giordano Bruno, el loco de las estrellas" fue la primera novela publicada por mí, en el año 2000. Desde entonces he hecho muchas cosas, que os ofrezco, porque la vida sin compartir no es nada.
martes, 21 de julio de 2009
¡IMPACTO EN JÚPITER!

domingo, 19 de julio de 2009
HACE YA 40 AÑOS QUE ESTUVIMOS EN LA LUNA.


lunes, 13 de julio de 2009
¡QUÉ FRASE!
SI EL UNIVERSO FUERA TAN SENCILLO QUE SE PUDIERA COMPRENDER, NUESTRAS ESTRUCTURAS MENTALES SERÍAN TAN SIMPLES QUE NO LO PODRÍAMOS COMPRENDER.
Y ahora uno de Einstein que todavía está por ver:
LO MÁS INCOMPRENSIBLE DEL UNIVERSO ES QUE EL UNIVERSO ES COMPRENSIBLE.
¿Tenemos o no un horizonte mental tras el cual ya no podemos entender nada? ¿Somos, quizá, como una gallina que quisiera aprender a multiplicar? La pobre tiene el cerebro tan pequeñito... ¿Qué tamaño debería tener nuestro cerebro para que pudiéramos entender el Universo? Quizá, para comprender un Universo infinito hace falta un cerebro infinito...
Creo que voy a tomarme un Martini rojo, con su limón y su hielo, y a fumarme una pipa, mientras oigo a Pavaroti cantando su "Caruso". No me queda más remedio.
Coño, esa frase me ha hecho polvo.
Os deseo un verano fresquito, rodeados de amor, salud y cuestiones comprensibles.
Miguel Ángel Pérez Oca.
domingo, 12 de julio de 2009
LA PALMERA DEL FOC VISTA POR MI AMIGO EMILIO ALFARO.
Miguel Ángel Pérez Oca.
miércoles, 8 de julio de 2009
CONFERENCIA SOBRE EL DOCTOR BALMIS.


martes, 30 de junio de 2009
CUATRO SUICIDAS EN EL RING

El otro día fui invitado a asistir a la representación de una obra titulada “Cuatro vidas que se cierran”, producto del último taller de teatro impartido por Vicente Leal. Ya el ambiente inicial, nada más entrar al espacio de teatro de EL RING, me resultó bastante impactante. Lo que en un teatro convencional sería el patio de butacas, es un espacio desprovisto de asientos, donde los asistentes quedan apoyados contra la pared o se sientan en el suelo. El escenario, con un espejo, una cortina roja en el centro y delante una taza de water, ya nos indicaba que lo que íbamos a ver no era corriente. La obra consistía en cuatro monólogos interpretados por sendos suicidas que se inmolaban ante el público, jugando muy hábilmente con las luces y la oscuridad. Por primera vez en mi vida me di cuenta de lo gráfica que puede resultar la oscuridad en una obra teatral. Una chica, sentada en el water se suicidaba ingiriendo pastillas de un frasco, mientras se lamentaba de su cuerpo, según ella demasiado obeso, hasta que la oscuridad se tragaba a la chica y al artilugio sanitario. Al encenderse la luz, un personaje de aspecto sofisticado nos decía que no tenía más remedio que suicidarse para que sus amigos supieran que era capaz de hacerlo, pese a su fama de frívolo, y mientras especulaba sobre la nada y la eternidad, arrastraba una bombona de butano con la goma cortada y abría la espita. La luz se iba apagando mientras dejaba en el aire el sonido inquietante del gas saliendo de su recipiente. Y pude percibir la inquietud entre algunos asistentes que, como yo, olisqueaban temiendo que un alarmante olor a butano nos hiciera salir huyendo de la sala. La luz no se encendía, sino que desde la puerta de entrada aparecía una muchacha con un manojo de velas encendidas en los brazos. Las iba depositando en el suelo, mientras increpaba al público por su insensibilidad, por su indiferencia ante su sufrimiento. Después iba apagando las velas y volvía a salir, aunque de pronto aparecía por una ventana del segundo piso que daba a la sala y hacía además de lanzarse al vacío, ante el creciente estupor de los asistentes. Y por último, mi amigo Vicente interpretaba el último monólogo, en el que un hombre confesaba a sus hijos que había matado a su madre para vengar su pasividad ante los abusos del padre, mientras subía al escenario con una cuerda que dejaba en el suelo. Volvía después a por una pesada escalera, que plantaba en medio del escenario y bajaba por segunda vez a por una silla, mientras iba desarrollando su discurso sobre la ley, la muerte, la vida… Al final ataba la cuerda a una viga del techo, le hacía un nudo corredizo, apartaba la escalera con parsimonia y se subía a la silla, pasándose el nudo de la cuerda por el cuello. Se apagaba la luz y todos oíamos, sobrecogidos, el pesado sonido del cuerpo al quedar colgando y de la silla al rodar por el escenario. La luz tardaba en encenderse, y el público angustiado esperaba comprobar que, cuando volviera, no iba a ver a Vicente ahorcado, balanceándose en el escenario…
Desde luego, si un actor quisiera suicidarse ante su público, esta obra sería la ideal.
Cuando volvió la luz, la cuerda, felizmente, se balanceaba sola, y Vicente y sus compañeros Patricia Pantoja, Sandro Cavaliere y Sara Ruiz salieron de distintos puntos de la sala para subir al escenario a saludar. Todavía Vicente interrumpió los aplausos con un gesto y la chica de las velas encendidas nos dijo que no querían que les aplaudiésemos sino que los besáramos, y bajaron a la sala para recibir nuestro afecto y nuestra admiración.
Ha sido una experiencia singular y muy emotiva. La interpretación fue perfecta y el texto invitaba a reflexionar, en una representación que me sugiere que no hay necesidad de asistir a salas profesionales y tradicionales para ver algo que nos puede llegar muy dentro; que el arte debe ser original o no es arte, y que lo auténtico surge a menudo entre minorías y en lugares modestos e inesperados.
Enhorabuena, amigos. Eso es hacer cultura.
Miguel Ángel Pérez Oca.
viernes, 26 de junio de 2009
HUMO NEGRO EN LA NOCHE DE SAN GUILLERMO.
HOGUERAS DE HUMO NEGRO EN LA NOCHE DE SAN JUAN.
Es que los alicantinos somos la mar de originales. Quemamos nuestras hogueras con un día de retraso, en la que es, a partir de las 12 de la noche, precisamente cuando comienza la “cremá”, la noche de San Guillermo; aunque les llamemos “Fogueres de Sant Joan”.
No os diré cuál fue la hoguera que vi quemar este año, para que no se crea que estoy criticando a una sola, sino a la mayoría, con todo el dolor de mi corazón. Después de contemplar, desde la plaza del puerto, la “Palmera del Foc”, que he de reconocer que este año ha sido perfecta, airosa y brillante, mis acompañantes y yo nos acercamos a ver la “cremá” de una hoguera cercana. Tras un hermoso y atronador castillo de fuegos artificiales con traca, el monumento comenzó a arder, aunque una espesa masa de humo negro e irrespirable ocultaba las llamas hasta el punto de no saber a ciencia cierta si el monumento era ya pasto del fuego o no. Se nos estaba hurtando el maravilloso espectáculo de las llamas ascendiendo hacia el cielo mientras consumían la airosa estructura de madera. Todo era humo negro, tóxico y quizá cancerígeno, proveniente de los ninots de plástico expandido, eso que parece corcho blanco y que ha suplantado impunemente al viejo y saludable cartón de los viejos tiempos. ¿No hay quien controle este desafuero? Las pavesas, de un material pegajoso y ardiente como el napalm pueden pegarse a la piel de los asistentes y causarles quemaduras profundas o prender fuego a persianas y toldos, por la persistencia de sus llamas de origen plástico, en un ambiente hostil y artificial…
Cuando nos alejamos apresuradamente de aquella atmósfera irrespirable, nos encontramos ante el muro infranqueable de la valla metálica de un “racó”, contra la que se apretujaban los fugitivos, que ríete tú del muro de Berlín o la alambrada de Ceuta. Las calles, intransitables y resbalosas por el agua de la ya tradicional “banyá” mezclada con detritus de todas clases procedentes de barracas y “racós”, propiciaron más de un aparatoso resbalón, no sé si con fracturas o contusiones.
Yo me pregunto si el Ayuntamiento o la Federación de les Fogueres, o como se llame el órgano rector de “la nostra festa” no podría organizar mejor estas cosas. Porque un día va a haber una desgracia y entonces vendrá el llanto y el rechinar de dientes, y la búsqueda de responsabilidades. Hay que regular severamente los materiales a emplear en la construcción y posterior quema de las hogueras, hay que ordenar mejor el uso de vallas que entorpecen las calles, y hay que decirles a los presuntos músicos de las barracas que para ser un artista musical no hace falta poner los bafles a toda pastilla, que en las casas de alrededor hay niños, ancianos, enfermos y curritos que al día siguiente tienen que trabajar, y que se cena mejor con una música agradable de fondo que no entorpezca las conversaciones con los amigos.
Y que nadie se atreva a llamarme aguafiestas o mal alicantino. En mi ya larga vida solo me he perdido tres “cremás”: dos porque estaba en Ifni haciendo la mili, y otra porque estaba en Madrid haciendo oposiciones. Aparte de esas no he faltado a ninguna, y he podido observar el progresivo deterioro de la convivencia por culpa de los ruidos y la suciedad, así como el peligroso incremento de las amenazas a la salud, a causa de los materiales que se utilizan en los monumentos. Y porque amo nuestro fiesta, precisamente porque la amo y quiero que sobreviva, me planteo esta crítica constructiva, que me temo no será oída por los presuntos “amantes de les fogueres” que administran esta locura que cada vez dura más días y se hace más insoportable. No hay más que ver una estadística de la cantidad de alicantinos que se marchan fuera en estos días. Treinta mil personas, como mucho, no pueden amargarle la vida a trescientas mil. Y si no llevamos cuidado, un día ganará las elecciones municipales el partido en cuyo programa figure la erradicación de les “fogueres”. Que, no nos engañemos, igual que surgieron de la nada en 1928, por inspiración de un gaditano, pueden desaparecer por el hartazgo de muchos alicantinos.
Con lo poco que costaría regular este asunto a gusto de todos.
Miguel Ángel Pérez Oca.