El tema de ayer, en la Tertulia de la Bodega Adolfo, era la SENSIBILIDAD. La vida me ha enseñado que una ideología perversa puede convertir en un monstruo a alguien cuya sensibilidad y educación deberían hacer de él, o ella, una excelente persona. Por eso no me gustó del todo la película "Novecento", en la que salía un fascista que era un monstruo de maldad paranoica, capaz de matar niños para divertirse. Yo pienso que lo malo del Fascismo es que no solo los monstruos patológicos pueden ser sus verdugos, sino incluso buenas personas contaminadas de una ideología monstruosa. A mí me da más miedo un buen vecino amable y simpático que se confiesa franquista que un pobre loco que no sabe lo que hace. Lo aprendí en Auschwitz.
Bueno, mi trabajo se llama "La sensibilidad de Walter". Ya me diréis qué os parece.
Walter
era un hombre extremadamente sensible, romántico, cariñoso, educado y amable.
Era el mejor vecino del poblado, siempre dispuesto a hacer un favor a un compañero,
a ayudar a transportar la bolsa de la compra a una vecina, a entablar una
conversación simpática con un niño de la vecindad. Su sentido de la estética
era exquisito, incluso algo quisquilloso. No soportaba ver un cuadro torcido o
un vestido de mujer que no hiciera juego
con los zapatos y el bolso. Su casa estaba decorada con un gusto excelente, dentro de la modestia propia
de las circunstancias. A menudo se extasiaba oyendo música sinfónica en su moderno
tocadiscos y, aunque guardaba sus efusiones para la intimidad, se decía de él que
no podía escuchar el Coro de los Peregrinos de Tannhauser sin derramar un
torrente de lágrimas. Abominaba de la suciedad, el desorden y la cochambre.
Todo alrededor de él debía ser, y lo era, perfecto. Él mismo también era un hombre
perfecto, atlético sin rasgos de brutalidad, alto sin exageración, rubio y con un
rostro viril de facciones que recordarían a una estatua griega. Todo era
perfecto en Walter y su entorno. Y era su obra, pues su delicada sensibilidad
no le hubiera permitido vivir en un ambiente que no fuese inmaculado.
Aquella
mañana se levantó a las 7 en punto, como siempre, y después de la ducha se
dirigió al comedor envuelto en su batín de seda japonesa, recuerdo de cuando
estuvo destinado como agregado militar en Tokio. Su hijo y su hija le esperaban
sentados, muy derechos, a ambos lados de su lugar en la mesa, mientras la
esposa, rubia y hermosa, traía de la cocina una bandeja con leche, café, tostadas,
mermelada, mantequilla y salchichas. Como todos los días durante el desayuno,
se habló de los estudios de los pequeños Friedrich y Frida y de la labor de Marga
en la iglesia del reverendo Braun, que se ocupaba de un grupo de heridos de
guerra en la vecina ciudad de Kattowitz. Walter no hablaba de su trabajo, nunca
lo hacía; prefería escuchar a sus seres queridos y comprobar por sus
comentarios que todo marchaba perfectamente.
Al
terminar, se dirigió a su habitación y se puso el uniforme. Ningún otro oficial
podía presumir de vestir con un corte más elegante y perfecto; ni de haber
gastado tanto dinero en pagar al mejor sastre de Düsseldorf. Después, salió a
la calle. Hacía un excelente tiempo de primavera, sin apenas nubes. En el
centro de la calzada le esperaba el desagradable sargento Schmidt, un hombre
cejijunto y colorado, de rostro brutal y facha innoble, cuya presencia hería la
sensibilidad de Walter.
-A sus órdenes,
mi capitán. Tenemos un tren a las 9. Nos traen mil individuos.
-Avise al
doctor – ordenó Walter, evitando mirar al sargento.
A la hora exacta
– los trenes alemanes jamás se retrasan – llegó el convoy. De las entrañas de
sus vagones grises surgió una muchedumbre de gente zaparrastrosa, maloliente y
aterrada, que se apresuró a formar de a tres, a los gritos de los capos.
En alguna otra
ocasión, la vista de un grupo de aquellas personas, por una calle cualquiera,
le hubiera provocado nauseas. Pero el consolador pensamiento de que estaban
allí para ser exterminadas y que las ciudades del Reich permanecieran limpias
de seres repugnantes, fortalecía su ánimo.
-Solo he
encontrado trescientos veinte aptos para el trabajo. El resto son viejos, niños
y enfermos; así que irán directamente a la cámara de gas… Ah, y he separado
tres parejas de gemelos para mis experimentos – le dijo un médico de bata
blanca.
-Gracias,
doctor Mengele – contestó Walter, mientras observaba con disgusto la amarillenta
y desigual dentadura del galeno. Después, ordenó que se llevaran a los
prisioneros, unos a los barracones y otros a un tétrico y sólido edificio de
ladrillo.
-¡Hala – gritó
el sargento al grupo de los condenados -, vamos a la ducha!
Y un niño
sonrió a Walter, que le devolvió la sonrisa con un gesto de ternura.
Era tan
sensible.
Miguel Ángel Pérez Oca.







