
Hace años, mi suegro se pasó varios meses sentándose todos los días sobre una bomba de ETA. Trabajaba en la RENFE y todas las mañanas iba con su bocadillo a desayunar con sus compañeros de la consigna. Había allí una maleta voluminosa presuntamente abandonada por alguien. Y Manolo, mi suegro, la utilizaba de asiento. Un día se recibió en la estación una llamada indicando que la tal maleta estaba llena de explosivos prontos a ser activados. Los artificieros, por medio de un robot, se llevaron la maleta a un descampado y la hicieron estallar, con un estruendo que se oyó a muchos kilómetros de distancia. Mi suegro no pudo dormir en muchas noches.
Ahora, la ETA ya no mata, o al menos eso han dicho ellos, enfundados en la capucha bajo la boina. Y nos lo han dicho como quien hace un regalo, como quien nos perdona la vida. Y piden, o exigen, a los gobiernos español y francés que negocien soluciones a “las consecuencias del conflicto”. En la manifestación abertzale del otro día había quien pedía amnistía. Y es que para ellos, una vez que han perdonado la vida a sus futuras víctimas, aquí no ha pasado nada y “pelillos a la mar”. Pues, no, señor, que las heridas que han dejado son muy profundas y que a ellos se les podría sacar de la cárcel, pero a los muertos no se les puede sacar de las tumbas. Si han decidido no matar es, sencillamente, porque ya no pueden hacerlo, porque nadie quiere ya ser su jefe con una vida media en libertad de unos pocos meses y porque ven que les conviene más tratar de conseguir poder mediante las urnas que mediante los tiros, y los demócratas les han obligado a elegir. Y que conste que de “conflicto” nada, ¿eh? Aquí ha habido una banda de asesinos enfrentados a un estado de derecho que los ha perseguido dentro de la ley votada por el pueblo, y no otra cosa. Por eso, durante un tiempo, su estrategia consistió en asesinar militares, a ver si los animaban a dar un golpe de Estado que trajera una nueva dictadura contra la que estuviera justificado luchar. Casi lo consiguen los angelitos. Afortunadamente, ya no abundaban los Tejero, Milans del Bosch y Armada, y ya había en este país hombres como Gutierrez Mellado y Sabino Fernández Campo.
Si los etarras se hubieran disuelto durante la Transición, cuando se decretó la amnistía, se les recordaría ahora como luchadores antifranquistas, como a los maquis, pero contra la democracia legal no hay lucha que valga, que pueda ni deba ser justificada.
Tengo varios amigos vascos a los que felicité el día del comunicado, y todos me respondieron de la misma manera: con cautela, con desconfianza. Vamos, que no estamos para echar a doblar las campanas, que no nos debemos dejar llevar por la euforia, el optimismo y la alegría que nos debiéramos merecer. Porque hay que esperar, a ver si es verdad, a ver si se disuelven de verdad, a ver si entregan las armas de verdad, a ver si piden perdón por todas las atrocidades de asesino en serie que han cometido, de verdad.
Me pregunto cómo el nacionalismo, el mal entendido patriotismo, puede llevar a determinada gente a tal estado de paranoia colectiva que justifique los asesinatos, las extorsiones y la violencia generalizada. Cómo pueden creer que la Patria (o Dios, en otros casos) puede justificar una sola muerte violenta y cruel. Esa gente está enferma y tiene que curarse, ellos sabrán cómo. Pero que no pretendan que nos olvidemos de todo y nos tomemos juntos unos chupitos. Faltaría más.
Miguel Ángel Pérez Oca.