sábado, 24 de septiembre de 2011

EL NIÑO QUE VEÍA PASAR AL TREN.





Este es mi más reciente cuento de la Tertulia de la Bodega de Adolfo. Se trata de un niño que midió el tamaño del Universo viendo pasar al tren, durante unas vacaciones en los Alpes.

LAS VACACIONES DE CHRISTIAN.
Christian era un niño de aspecto enfermizo e inteligente. El médico había aconsejado a sus padres que lo llevasen en verano de vacaciones a alguna comarca alpina de aires frescos y secos, donde sus pulmones pudieran fortalecerse. Y allí, en la pintoresca aldea, lejos de factorías y barrios malsanos, su cuerpo se fortaleció, y también sus ganas de jugar, vivir y aprender. A media mañana, un tremendo e interminable tren de mercancías solía pasar por la estación del pueblo, sin detenerse, ni siquiera aminorar su marcha, tal como una exhalación de hierro envuelta en humos, chirridos y silbidos penetrantes. Y su aparición fugaz maravillaba al niño, que imaginaba largos viajes a países exóticos y paisajes llenos de misterios. Todos los días, a la misma hora, Christian dejaba sus juegos y marchaba a la estación, para ver pasar el convoy y sentir en el rostro el viento que desataba su enorme masa lanzada sobre los raíles a toda velocidad.
Como siempre, cada vez que pasaba un tren, el viejo jefe de estación, con su arrugado uniforme azul y su gorra cilíndrica y roja de visera charolada, se plantó a la orilla del andén y levantó una banderita roja, dando paso al convoy. El niño se le acercó y lo observaba con admiración y curiosidad.
-¿Qué, muchacho? ¿Te gustan los trenes? – preguntó el hombre, atusándose el bigote canoso.
-Sí, señor – le contestó el niño, mirándolo de abajo arriba.
-Si quieres saber algo de los trenes, pregúntamelo, anda…
Y Christian se quedó callado un rato, mientras el tren se alejaba por el bosque.
-Pues, dígame, ¿por qué el tren hace “pííí” cuando viene y “pooo” cuando se va?
Y el viejo ferroviario meneó la cabeza e hizo un gesto de admiración.
-Vaya, tú también te has dado cuenta, ¿eh? Eres un chico muy observador. Pero el hecho de que el silbato del tren suene más agudo cuando se acerca y más grave cuando se aleja es un misterio que nadie me ha sabido explicar. Oye, ¿por qué no se lo preguntas a tu maestro? Y el año que viene me lo cuentas, ¿eh?
-Sí, señor – dijo el niño con determinación - , se lo preguntaré.
Pero el maestro, a la vuelta de las vacaciones, no le supo dar la respuesta.
El niño Christian Andreas Doppler, se hizo mayor y estudió Física y Matemáticas en Viena y Salzburgo, y en 1842, a los 39 años, publicó un libro donde se resolvía el misterio que al fin había podido desentrañar por sí mismo, y que tenía la siguiente explicación: Cuando un cuerpo se desplaza rápidamente, emitiendo un sonido constante, las ondas sonoras se comprimen por delante y se separan por detrás, de forma que percibimos ese sonido más agudo cuando se nos acerca y más grave cuando se aleja. A este fenómeno se le conoce desde entonces como Efecto Doppler.
Algunos años más tarde, el físico francés Fizeau descubrió que este efecto se produce también en la luz, de manera que una estrella que se acerca a la Tierra, por muy lejana que esté, se verá más azul, mientras que otra que se aleja, se verá más roja.
En los primeros años del siglo XX, el astrónomo americano Hubble y su ayudante Humason, observando lejanas galaxias en el Cosmos, comprobaron, mediante el Efecto Doppler de la luz, que todas ellas se alejan de nosotros debido a que el Universo está en expansión desde que surgió de una gran explosión, el llamado Big Bang, ocurrida hace más de trece mil millones de años.
Gracias a aquel chico enfermizo que veía pasar al tren, sabemos lo enorme y antiguo que es nuestro Universo. Y es que nunca se sabe lo que puede salir de la cabeza de un niño que admira algo con los ojos llenos de curiosidad.
Miguel Ángel Pérez Oca.

viernes, 23 de septiembre de 2011

DELENDO EST CAPITALISMUS





Ayer, un Premio Nobel de Economía que, por cierto, merece por mi parte las mismas reservas y desconfianzas que si lo fuese de esa otra pseudociencia denominada Astrología, anunciaba a bombo y platillo la venida de otra crisis, de una catástrofe económica sobre la que ya nos azota desde hace unos cuantos años. Hombre, parece que los economistas empiezan a espabilarse y ya las ven venir, porque la otra los pilló a todos en el baño. Hoy, otro eminente economista aparece en la tele para decirnos que para recuperar la bonanza perdida los estados deberían haber hecho lo contrario de lo que han estado haciendo hasta ahora, o sea: nada de recortes y austeridad, sino más gasto público para fomentar el consumo. La impresión que nos produce esta gente descomunal a los ignorantes de tan santa disciplina es que, por mucho que pretendan ser científicos, no tienen ni la MÁS REMOTA IDEA de lo que se traen entre manos. Yo, de verdad, creo firmemente que el primer paso para recuperar nuestro bienestar debería ser cerrar todas las facultades de Economía, retirar el título académico de economista de la lista de los reconocidos, cerrar todas las bolsas, emplear la dotación del Premio Nobel de Economía para un certamen de haykus, y darles a todos los economistas, en especial a los Premios Nobel esos, una escoba o un pico para que se ganen la vida.
Y es que, claro, los señores economistas y los políticos que les siguen parten de una premisa que les condiciona el entendimiento: No se puede cuestionar el Sistema Capitalista. Así que si hay que salvar el Capitalismo por encima de todo, la cosa no tiene arreglo, porque ya es hora de que lo digamos claro: EL CAPITALISMO HA FRACASADO. El Capitalismo, para sobrevivir, debe ser controlado y domesticado por los políticos, si no, se muere de éxito y como el más repugnante de los paramecios acaba devorando sus propias entrañas. Mientras el Capitalismo tenía al Comunismo enfrente, moderaba sus pretensiones, por miedo a que los sufridos ciudadanos nos fuéramos con los rojos y se les acabara la bicoca a los capitalistas. Pero ahora no tienen ningún enemigo más que ellos mismos, los más insolidarios, rapaces y feroces depredadores que ha inventado la naturaleza: El Capitalista Sapiens, devorador de plusvalías y pelotazos. El Capitalismo, de hecho, nació ya viciado y siempre ha sido pernicioso para la Humanidad: Hoy está poniedo en peligro el sistema ecológico, ha creado el calentamiento global y el agotamiento de los recursos, está produciendo una humanidad cuya mitad se muere de hambre mientras que la otra mitad se muere de obesidad, parte de la falsa premisa de que el crecimiento ha de ser indefinido y que los recursos son inagotables, y fabrica unos economistas dóciles que intentan justificar sus desmanes con medidas descabelladas incapaces de acabar con las crisis endémicas. El Capitalismo no funciona, es inhumano, es inmoral, es pérfido y hemos de sustituirlo por un sistema social racional y justo, porque nos va la vida en ello.
Los soviéticos intentaron construir una sociedad postcapitalista y les salió una chapuza totalitaria, una especie de capitalismo de estado que no servía para nada, como no fuera para facilitar la corrupción y la incompetencia, bajo una despótica vigilancia policial. Así les fue, y así les va a sus émulos actuales. La solución quizá va más por la vía de la Socialdemocracia, pero la famosa frase de Felipe González de “Hay que ser socialista antes que marxista” descafeinó y echó a perder la única vía razonable, sumándose a la universal tendencia de no contestar al Sistema desde la política activa.
Pero, dejémonos de paparruchas. El Estado debe amparar al ciudadano, dándole los medios necesarios para vivir bien o no sirve para nada y no le debemos ninguna lealtad. La Sanidad, la Educación, la defensa legal, la comida, el vestido, la vivienda deben ser garantizados por el Estado. La industria pesada, la banca, la seguridad colectiva y privada, las obras públicas, la industria farmacéutica, deben nacionalizarse. Y no vale el argumento de que los negocios privados funcionan mejor que los públicos; porque lo que hay que conseguir es que los funcionarios tengan una productividad equivalente al resto de los trabajadores. Que se les controle y se les exija, como debe ser. En cuanto a los emprendedores, el que quiera fundar un negocio privado que lo haga, siempre que no interfiera con las prestaciones estatales. Y la Economía que la dicte el Gobierno con la ayuda de unos verdaderos economistas formados adecuadamente. Todo ello en un escrupuloso sistema democrático más auténtico y perfeccionado que el actual. Que la presencia del pueblo en la política debe ser permanente y universal.
A lo mejor estoy diciendo tonterías, porque el homo sapiens es un bicho de mucho cuidado y no le van las cosas bien hechas ni los sistemas donde no haya sitio para los aprovechados. Pero sería una lástima.
Así que de momento tendremos que aguantar el chaparrón y maldecir a los malos fabricantes de paraguas con goteras.
Miguel Ángel Pérez Oca.

martes, 20 de septiembre de 2011

GALICIA, GALICIA...













Os pongo el texto de un correo electrónico que he mandado a una amiga gallega que vive en Madrid, ahíta de morriña, dándole cuenta de mis recientes vacaciones en la tierra de los percebes, los centollos, el granito, Prisciliano (suplantado por un tal Jacobo) y la sublime Rosalía de Castro.
Ahí va:

Para:Deva - De:Miguel Ángel Pérez Oca - Enviado:domingo, 18 de septiembre de 2011 - 19:52
Ay, Deva, que me he enamorado de Galicia. Ese paisaje brumoso donde la neblina difumina los perfiles de las cosas y las vuelve irreales, misteriosas y dulces, sin una línea recta del horizonte que nos recuerde que vivimos en la superficie de una esfera, sin unos campos yermos que nos digan que la vida puede rendirse bajo el sol y la sed, tal como en mi tierra rigurosa e intransigente. Todo verde y todo suave. Y la gente, dulce, suave y firme a la vez, cariñosa, trabajadora, con un punto de superstición y con la cautela de quien vive cerca del bosque y de las olas bravas. Celtas de los poblados de granito y paja en los altos de Santa Trega, con la desembocadura del Miño a los pies en un raro día de sol. Pontevedra y sus callejas de granito, sus soportales, y una amable y fuerte gallega que nos prepara un pulpo con pimentón junto a un bar que nos sirve un vasito de Alvariño y un pan jugoso como no los hay ya por estos lares. La Coruña con sus galerías blancas frente al mar y María Pita en su estatua, matando al inglés. Combarro con sus hórreos junto al mar, lejano en marea baja y amenazador cuando crece por influjo de la luna. Santiago, con el santo que hay que abrazar, aunque yo lo saludé en voz baja, y le dije: "Hola, viejo Prisciliano, siempre habrá quien no te olvide, camarada revolucionario. Tú eres tú y aquel palestino, discípulo de Cristo, que murió en Tierra Santa, usurpó tu fama, pero no lo consiguió del todo, ¿verdad?" y el misterio, tan gallego él, continuó presidiendo el magnífico templo románico enmascarado tras una inoportuna fachada barroca. Qué bella debió ser la catedral cuando el Pórtico de la Gloria lucía desnudo en su frontispicio de arcos de medio punto, antes de Trento y sus truculencias y recargamientos. No he visto panorama más impresionante que el que se divisa desde la Torre de Hércules, al son de una gaita tocada con maestría por un celta que no era precisamente gallego, sino irlandés (cosas de la vida y de la globalización), ni escultura más inquietante que la del "Cuerpo Danone" al comienzo del camino que conduce al faro eterno. Y Baiona, con su réplica de la Pinta y sus mariscadoras de brazos hercúleos, estampa viva de la fuerza de las mujeres gallegas. La guía nos hablaba de las féminas de estas tierras, de su energía, de su férrea voluntad y de su dulzura. Recordó los gigantescos restos de una mujer celta de más de dos metros de altura, encontrada en unas excavaciones de la catedral de Santiago, de María Pita, de la Bella Otero, de doña Emilia Pardo Bazán, y de la inigualable Rosalía de Castro:
"Adiós, ríos, adiós, fontes;
adiós, regatos pequenos;
adiós, vista dos meus ollos;
Non sei cando nos veremos..."
Es la morriña, la nostalgia, tan gallega ella, hecha poesía, y sobre todo la galleguidad, auténtica y retunda. Ah, Rosalía, cómo del dolor puede surgir tanta belleza. Si además es cantada por Amancio Prada, uno se puede morir de dulce tristeza.
Y el paladar también participa con la poesía gastronómica de un plato de percebes, o de berberechos, o de gambas tiernas y jugosas como la niebla, o de mejillones al vapor degustados en plena ría de Arousa, a bordo de una barca del Grove. Las gaviotas, tan listas como el hambre, se acercan y planean sobre nosotros y capturan las mollas de mejillón de la punta de nuestros dedos. Después, ahítos de marisco y alvariño, bailamos una muñeira en una de las mejores tardes de mi vida, acompañados de los gritos exigentes de las gaviotas, entre bateas y risas. Qué momentos tan magníficos.
Por vivir unos días en Galicia y entrar en su espíritu, vale la pena aguantar un viaje de 14 horas en autobús y acabar con los pies hinchados como botas.
"Adiós groria, adiós contento.
Deixo a casa onde nacín,
deixo a aldea que conozco
por un mundo que non vin.
Deixo amigos por extraños,
deixo a veiga polo mar,
deixo, en fin, canto ben quero...
¡Quen pudera non deixar!"
Tienes suerte, mucha suerte, de ser gallega, y mujer, y sabia...
Besiños.
Migueliño el antípoda.

martes, 6 de septiembre de 2011

¡ESTOY HARTO!










Estoy harto de escuchar la radio, poner la tele, abrir el periódico y que solo me hablen de economía, del paro, de la crisis, de los perversos mercados, de los gobiernos culpables, de la juventud frustrada, indolente o utópica, de los economistas que nos dan lecciones a toro pasado, de los políticos carroñeros que nos dicen que van a solucionar todos los problemas pero nadie sabe cómo, de los Papas y curas demagogos que se aprovechan de una manera u otra de los jóvenes ingénuos y tiernos, de los gurús de la kultura, de los dictadores a los que se combate solo si tienen petróleo en la finca, de los traficantes de armas, de los traficantes de drogas, de los traficantes de hambre, de la doble moral de los poderosos píos y correctos que violan camareras de hotel, de la violencia contra los diferentes y contra las mujeres, de la que se avecina...

Llevo toda la vida muerto de miedo; toda mi juventud esperando la caída de un pepino nuclear soviético, que luego me enteré que eran de cartón piedra y tardaban horas, no minutos, en poder ser lanzados. Me asustó y me engañó Franco, me amenazó el zar soviético de turno en nombre de sus trabajadores que, según creíamos los ingénuos comunistas de entonces, vivían en la gloria proletaria, me asustaron los yankis con sus bases y su chulería a lo John Waine mientras protegían al dictador católico y apostólico que andaba bajo palio.

Ahora me atemorizan los economistas, los mandamases de la industria farmacéutica, los salvadores que predican contra el tabaco, el alcohol, el colesterol y todos los pequeños placeres de la vida y prefieren prohibir en lugar de enseñar moderación.

Maldigo a los economistas que no previeron la crisis, o nos la ocultaron, a los bancos que son los únicos que no pueden perder uno solo de los euros que les confiamos llenos de candor, a los mercados que somos todos en este sistema infame, corrompido y fracasado, condenado a una crisis permanente, camino de la nueva esclavitud y la humillación definitiva de los que siempre han sido pobres, aunque creían (creíamos) que una hipoteca milagrosa y generosa nos iba a sacar a todos de la modestia.

Me gustaría tomar el Palacio de Invierno y hacer la revolución para traer una nueva sociedad verdaderamente justa a este mundo, pero sé que no hay nada que hacer, que las revoluciones acaban siempre en sainete, que este mono desnudo, brutal y pedante, que somos no tiene arreglo. Que un depredador, cazador innato y comedor de carne sanguinolenta, como el mal llamado homo sapiens (qué risa, sapiens) no puede aspirar a una vida pacífica y equitativa. Que estamos condenados a lamentarnos por toda la eternidad de nuestra efímera existencia, a sufrir con respeto y humildad ciudadana los desplantes y las chulerías de los líderes natos y de los líderes por derecho de sangre, o de pernada, o de enchufe.

Y aún podría estar peor, me digo, si me quitan el derecho al pataleo (en mi blog y poco más, ¿eh?), o a votar entre los "carotas" y los "tontilocos" (Cela Jr. dixit) cada cuatro años, mientras los poderes "económico-fácticos" se ríen en mis narices.

Me da asco esta sociedad fracasada que nada me ofrece, que arrastra sus frustraciones detrás de un paso de Semana Santa, o desde las gradas de un campo de fútbol, o en el seno de un botellón. Me molesta el olor a sudor y a rancio de las aglomeraciones fervorosas.

Así que voy a tomarme un respiro. Me marcho a Galicia unos días, a ponerme morado de percebes, alvariño, nécoras y filetes de buey. Qué le voy a hacer: yo también soy una fiera carnívora y lujuriosa.

Hasta la semana que viene, que tampoco me voy para siempre al valle de Sangri La, que ya sé que no existe.

Miguel Ángel Pérez Oca, el mono vestido.

martes, 30 de agosto de 2011

UNA FAMILIA EJEMPLAR













Ahí va un relato sobre la familia que he escrito para las Tertulias de la Bodega de Adolfo. Que aproveche.

LA FAMILIA DEL PATRIARCA.
La mansión dominaba el valle abancalado hasta la cima de sus colinas. Viñedos y árboles frutales sufrían los envites del viento y la lluvia en aquella noche tormentosa, aunque los ocupantes de la estancia no se preocupaban demasiado por ello. Allí estaba reunida toda la familia. A la cabecera de la mesa, con el anguloso rostro iluminado en ocasiones por los relámpagos, el patriarca, don Zósimo de Arrarte y Moa, se atusaba los blanquísimos y enormes bigotes, mientras daba cuenta del café, a las postrimerías de una opípara cena. Frente a él, sus hijos y respectivas esposas aguardaban sus palabras: El mayor, su duplicado exacto, tanto en el nombre como en sus bigotes hirsutos, aunque todavía oscuros. A su lado, su esposa Tirsa, de mirada altiva. El segundo de los hijos, Pancracio, que de llevar mostacho hubiera resultado una segunda copia del padre. Su esposa, Lilí, pizpireta y gentil. El tercer hijo, Paco, pelirrojo y fornido, junto a su mujer, Pepa, grande y fuerte como él y de aspecto más bien simple. Y al fondo de la mesa, el menor, con hábito de fraile teatino y un gesto pío y solemne bajo el cráneo tonsurado.
-Y así, sintiéndome ya cerca de la muerte, he decidido hacer testamento y legar mis bienes a mis herederos, con el siguiente reparto – decía el viejo -: A mi primogénito, Zósimo, dejaré la responsabilidad de mantener productiva esta finca solariega de los Arrarte y sus campos que abarcan todo el valle. A Pancracio le dejaré las casas de Madrid y Zaragoza, cuyas rentas le darán para vivir holgadamente. Legaré a Francisco el astillero de Cartagena, que ya en la actualidad dirige con diligencia. Y a mi santo hijo Amador, todos los valores, acciones y rentas bancarias que según me tiene dicho cederá a su orden, pues el voto de pobreza le impide disfrutarlas personalmente…
Todos inclinaron la cabeza y se besaron unos a otros con cariño antes de marchar a sus aposentos. No hubo ninguna objeción a las sabias decisiones del patriarca, pues aquella era una familia ejemplar, cristianísima y obediente.
Pero, a la madrugada, el fraile despertó a sus hermanos con gritos desgarrados.
-¡Venid a la habitación de padre, que ha ocurrido una desgracia!
Y todos, todavía en ropa de dormir, se apresuraron a entrar en el dormitorio del anciano, al que encontraron tendido sobre el lecho, vestido con su uniforme de Caballero de la Orden de Malta y con las manos cruzadas sobre el vientre.
-Esta noche, el mayordomo lo ha encontrado muerto – decía el religioso, disimulando una mirada maligna – Ya nadie podrá objetar su voluntad; aunque quizá alguno hubiera deseado impugnar las particiones, tras hablarlo con su esposa...
El mayor carraspeó fuertemente, antes de atreverse a hablar en presencia, si bien póstuma, del padre.
-Pues, veréis… Según las leyes y normas seculares de nuestra estirpe, me correspondía a mí el mayorazgo y todos los bienes de la familia. Yo me hubiera ocupado de vosotros, naturalmente, pero la propiedad debería ser mía e indivisible.
-¡Y una mierda! – gritó Paco, fuera de sí –¿Para eso me he roto yo los cuernos en ese astillero? Y, además, ¿por qué las cuentas bancarias para el cura, si es bastardo?
-Anda, como tú, “hermanito” - dijo Lilí, abandonando su habitual simpatía -, que te pareces más al capataz Rigoberto, que en gloria esté, que a tu presunto padre.
-Los dos hijos fraudulentos de papá y mamá no deberían heredar nada – remató Pancracio – Nosotros no tenemos la culpa de que nuestros padres fueran unos viciosos.
Y entonces el Patriarca se alzó de la cama, dándoles a todos un susto de muerte. De pie sobre las sábanas de raso granate, los fue señalando con índice acusador.
-¡Malditos seáis, egoístas despreciables! Ya me lo temía yo: He criado una manada de hienas. Así que... ¡Os desheredo a todos! ¡Fuera de mi vista! ¡Pendejos!
Y antes de morir despilfarró su fortuna en juergas de vino y putas.
Miguel Ángel Pérez Oca.

domingo, 7 de agosto de 2011

SUEÑO PAPAL.






Herr Ratzinger se despertó aquella mañana con una rara sensación. No llegaba a creerse que era Papa. El nombre de Benedicto XVI no le decía nada. El vago recuerdo de un sueño en el que Jesucristo le recriminaba una supuesta falta de caridad estuvo atormentándolo mientras se aseaba y sus ayudas de cámara lo vestían.
Llegó su secretario con los periódicos de la mañana y una carpeta con documentos que había que despachar.
-¿Qué dice la prensa? – preguntó distraídamente.
-Pues lo de siempre, Santidad: guerras, crisis… y lo de la hambruna de Somalia – y le tendió un diario con una espeluznante fotografía en portada de un niño negro agonizando de hambre.
Y entonces, herr Ratzinger tuvo una inspiración y volvió a sentirse Papa.
-A ver, siéntate y toma nota de una serie de disposiciones que voy a tomar respecto a mi futura visita a España: No quiero que ese viaje cueste un solo euro a los españoles, sino que ese dinero se invierta en ayudas a los niños hambrientos de Somalia. Iremos en vuelo regular con un reducido séquito, cuyos pasajes pagará el Vaticano. No quiero ninguna clase de pompa ni lujo en mi visita. Hablaré a los fieles y celebraré la misa en el Estadio Santiago Bernabeu o cualquier otro sitio despejado, donde se instalará un altar de campaña lo más sencillo posible y la megafonía que quiera prestarnos algún fiel acomodado. En cuanto a las fuerzas de seguridad, solo las imprescindibles para regular el tráfico y el orden entre los asistentes, y formadas por agentes católicos que quieran hacer el servicio gratis. Y ninguna protección personal…
-Pero, Santidad, vuestra seguridad debe ser garantizada… - objetó el secretario.
-Hombre de poca fe – le recriminó Benedicto XVI -. Si Dios quisiera llevarme con Él me haría un favor inmenso. ¿Para qué quiero hombres armados a mi alrededor, dispuestos a matar para protegerme? ¿Acaso has olvidado que ser un mártir de la fe es un gran privilegio? – y el subordinado bajó la cabeza, abrumado por sus palabras.
-Quiero hablar por teléfono, ahora mismo, con el Rey, con Zapatero y con el Cardenal Rouco. Quiero que me hagan un cálculo de los gastos que supondría mi visita si se hiciera de la forma programada, y que se comprometan a enviar ese dinero inmediatamente a Somalia en forma de alimentos, medicinas y demás. Que se forme esta misma mañana un comité de control y coordinación para ocuparse de su distribución, evitando abusos y corruptelas. Quiero que se pida a nuestros fieles que asistan a los actos solo si ello no les supone gasto alguno, y a los que estén fuera y tengan previsto viajar a Madrid, que no lo hagan y que manden a Somalia el dinero que pensaran gastarse. También quiero que estudiemos una ayuda extraordinaria que pueda salir de nuestras arcas; así que dile al Tesorero que venga a verme enseguida. Por otro lado, voy a convocar una reunión urgente del Colegio Cardenalicio para elaborar un Plan de Austeridad de la Iglesia y otro Plan de Ayudas a los Necesitados. Habrá que convocar a economistas, políticos, representantes de las iglesias del Tercer Mundo…
El Papa sonrió al ver la cara de estupor de su secretario.
-¿Sabes, Carolo? Por primera vez me siento legítimo heredero de Aquel que echó a los mercaderes del Templo…
…………………………………………………………………………………
El Papa se despertó confuso y agitado. Tardó un tiempo en serenarse y llamar a sus sirvientes.
-He tenido un sueño muy raro, ¿sabes? - dijo a su ayuda de cámara, mientras se revestía de lujosos ropajes blancos -. He soñado verdaderos disparates… Qué tontería.

Miguel Ángel Pérez Oca.

martes, 2 de agosto de 2011

UN RELATO SOBRE EL VINO.

Ahí va un relato de los que escribo para la Tertulia de la Bodega de Adolfo. Es un tanto fuerte, pero espero que os guste.



VINO AL BORDE DEL ABISMO.
Ahí está el vaso, cilíndrico y brillante, lleno de un vino rojo oscuro más cerca del tono de la sangre que del rubí. En otro tiempo lo hubiera olido y paladeado intentando captar el espíritu de sus taninos llenos de vida. Hubiera sabido, sin mirar la etiqueta de la botella, su procedencia, la marca e incluso la cosecha. Yo era entonces un entendido en vinos y quería estudiar para enólogo y ganarme la vida haciendo de la crianza una obra de arte y de perfección. Hubiera dado nueva vida a los viñedos de mi padre, hubiera hecho de nuestros caldos el estandarte de mi comarca. Ahora, en cambio, me da igual la marca, el origen, la cosecha, el sabor más o menos afrutado, el aroma, el color. Solo quiero que sea vino, vino vulgar y barato, con tal de que guarde en su interior el fuego alcohólico de sus grados. Porque para mí el vino ya no es un medio de alcanzar el feliz equilibrio de la vida ante una mesa con ricos manjares, una conversación ingeniosa y quizá un cruce de miradas prometedoras de un inmediato romance. No, el vino, ahora, solo me sirve para aturdirme, para caer de nuevo en la borrachera nauseabunda y el frenesí de un delirium tremens que me lleve de una puñetera vez a la tumba.
Varios años de rehabilitación en el más caro de los establecimientos especializados no han conseguido que vuelva a ser el mismo de antes. Buenos dineros que se ha gastado mi padre para conseguirlo, pero es justo que su fracaso, no el mío, sea el digno castigo al inmenso daño que me hizo. Hoy he salido de la clínica, dicen los médicos que rehabilitado, y me ha faltado tiempo para entrar en una taberna y pedir una botella de vino peleón. He mojado el índice en el vaso y he escrito en la madera: “Me cago en mi padre”.
Acababa de estallar la guerra y a mi digno progenitor le faltó tiempo para ponerse del lado de los insurrectos y darles la lista de los izquierdistas del pueblo a los que había que eliminar. “O ellos o nosotros”, dijo. Al día siguiente me llamaron a filas y mis padres se quedaron lloriqueando a la puerta de la finca, temiendo por mi vida. Pero padre escribió a cierto amigo suyo, pidiéndole que me protegiera. Y así fue como me vi en retaguardia, formando parte de un elitista y bien uniformado pelotón de fusilamiento.
Nuestras primeras víctimas fueron los dirigentes locales de la CNT. Aún recuerdo la mirada de odio de un sindicalista que de niño había jugado conmigo. Cuando el teniente dio la orden de disparar y aquellos hombres curtidos gritaron “¡Viva la República!”, yo cerré lo ojos y apreté el gatillo. El resultado fue un montón de moribundos que se retorcían pidiendo la clemencia del tiro de gracia.
“¡No volváis a hacerme esto, cabrones! – gritó el teniente -. La próxima vez apuntad muy bien al corazón o justo entre los ojos. Disparando con miedo no conseguís más que hacerles sufrir innecesariamente”. Y en la siguiente ejecución, tan solo unas horas más tarde, destacaba entre los reos la maestra del pueblo. Nunca olvidaré su mirada serena y acusadora. Nunca se me borrará el sabor de un beso fugaz durante las fiestas de hacía unos años; un sabor que permanecía en mi conciencia mientras apuntaba entre sus enormes y hermosísimos ojos de color violeta con la intención de que no llegara a sentir la muerte. “Cobarde, cobarde”, musitaba su boca mientras clavaba su mirada en la mía. “¡Fuego!”, gritó el teniente, y yo disparé y la vi caer como un fardo, con la mirada fija todavía en mí y la palabra “cobarde” helada en sus labios.
Desde ese día me dediqué a vaciar botellas, a aturdirme con el vino, a dejarme caer en el lodazal de mi culpa insufrible. No hubo manera de que volviese al pelotón, borracho como estaba a todas las horas del día. Me arrestaron, casi me fusilan. Salí del calabozo para ir al manicomio y hoy he salido al fin del manicomio para ir al infierno.
El vaso está ante mí, lleno de vino barato. Si me lo bebo ahora, volveré a hundirme en el abismo. Lo merezco. Me lo acerco a la boca y voy tragando lentamente.
Glu, glu, glu…




Miguel Ángel Pérez Oca.