lunes, 12 de abril de 2010

UN CUENTO DE ADELAIDE CASTELLI


Mi amigo Joaquín Botella me envía un impresionante relato de su amiga Adelaide Castelli. Como yo, creo que Adelaide está convencida de que la guerra envilece a todos los que participan en ella, incluso si se tratase del improbable caso - más bien imposible - de una guerra justa. Cada día nuestras particulares barricadas están más concurridas. ¡NO A LA GUERRA!

Este relato está inspirado en hechos increíblemente reales.

11 DÍAS.

El culo de la stripper era igual de redondo que la cabeza de Allie dentro de la olla, pero las piernas de Allie estaban en el horno, cortadas, mientras esa zorrilla seguía enroscándolas tentadora a un poste del escenario. La luna vudú de New Orleáns era también igual de absurda y redonda que muchos culos expuestos y muchas cabezas cortadas; en el mundo del amor y de la guerra los dioses se cruzaban intercambiándose dominios, y a un héroe como yo esto le jode bastante, porque se supone que cada cosa tiene su sitio y valor, su precio y sus consecuencias; pero veintiocho años son suficiente tiempo para comprobar el contrario.
Katrina, ese huracán tan ambiguo, les quitó todo a todos, y mientras hundía la ciudad me regaló fama y novia: mi Allie surgió de las aguas, del barro ancestral, de memorias de destrucción, gritos y muerte. Mi Allie emanó clara y redonda de esa luna vodú que asiste enigmática a nuestras repetidas tragedias.
Los trozos de su cuerpo están en la cocina. Búsquenlos, se encuentran ahí, no me los pude comer. No pude llevar a cabo esa última misión. Llevo 11 días de juerga merodeando sin rumbo. Las metanfetaminas me distorsionan las formas y luego les devuelven por ratos su perfección inicial.
Lo que se dice un héroe: Irak, Bosnia, etcétera. Delante de la catástrofe se me reactivó el chip total.
- Zachary - me decía Allie -, intenta tomártelo a risa y deja ese puto pasado en donde tiene que estar.
De haberse sabido callar, igual seguiría con vida: a un veterano no hay que hurgarle en ciertos anfractos. Volvemos condecorados estando como cabras, volvemos cabreados detrás de unas cuantas medallas. Y cuando sopla el viento por encima del límite y vemos las aguas subir de forma peligrosa, se nos refresca el conflicto, la adrenalina, la fuerza. Salvamos la población. Obedecemos las órdenes.
El coño de la stripper no quise verlo siquiera: a esas alturas las drogas me tenían dando tumbos por otra clase de vías. El coño de Allie yo creo que está en el frigorífico. La luna, en el quinto coño, maldita como siempre.
Katrina, el huracán indiferente había llegado legal, con el previo aviso de siempre, pero todos esos negros se ve que no son población. Mi todopoderoso gobierno, mi patria amparadora de pueblos, dejó sus fiambres flotar y sus supervivientes tirados por esos ex barrios de mierda, muriéndose de asco.
Yo y Allie nos pusimos las pilas y, manos a la obra, solidarios, levantamos unos cuántos ánimos, saliendo en los periódicos, jóvenes y populares. Había que celebrar un encuentro tan bueno en una noche tan mala. Las manos de Allie, por cierto, están en la olla de izquierda, junto con esos pies que tanto ambicionaban andar. Tras trocearla a conciencia, cogí 1500 pavos, y eso es bastante dinero para una buena trompa.
-Olvídalo todo, cariño- me repetía ella en las noches. Pero las noches están hechas para dar vida a recuerdos. Los veteranos volvemos con raros cruces de cables: se nos quitaron programas para remplazarlos con otros, y nuestras mujeres mejor eviten chillar tanto, que ya tenemos ciertos gritos en eterno por nuestras cabezas, rasgándolas.
La barra del club era larga como una pista de aterrizaje cualquiera en cualquier sitio inhóspito, como una raya de coca que no acaba nunca y te mata, como las horas pasadas a escuchar voces extranjeras que nada dicen de bueno y son amenazas virtuales. Larga como la estela del odio y el tiempo de cocción de un cuerpo humano en pedazos. Como lo son 11 días de juerga en la ciudad rescatada, mientras mi novia está ahí, descuartizada, esperando quizás vuestra piadosa visita. Y como el silencio de parte de unos hijos ya alejados de mí y el mío hacia ellos también. Como las avenidas de Los Ángeles, hechas para separar más que unir. En fin. Añado: larga como un proceso de recuperación sin éxito, y esas sesiones inútiles con terapeutas tardíos. Los héroes, en la mayoría, solemos ser asesinos, y luego no hay quien lo arregle, diga lo que diga el tío Sam.
Allie habló demasiado. Cortó la terapia en dos. No dejó que mi rescate llegara a un decente balance. Las mismas aguas oscuras que me la brindaron acabaron por decretar su destino: no habría salvación. Los muertos y los vivos se estaban tendiendo la mano, volviéndome loco, acusándome, confundiendo las cartas. Los méritos y las infamias se amasaban sin regla, sugiriendo una escala del todo fría y amoral; la patria ya no existía y Dios brillaba por su ausencia. La familia, un fantasma con piernas amputadas y ortopédicas. Y yo, en todo eso, descuartizando a mi novia, la artista, sin lograr sentir al respecto el menor remordimiento. Un monstruo.
Me encerré en ese cuarto de hotel y me quemé varias veces: 28, por ser exacto, a punta de cigarrillo, una para cada año y fracaso, como marido, soldado, amante, padre, persona, hijo de puta, patriota, ejemplo de moral impecable. Y así siguiendo, señores. Los dioses se habían confundido, liando el amor con la guerra, la muerte con las resurrecciones, los mares con tierras ahogadas, y todos los posibles destinos, ofrendas, opciones y finales.
Los cruces estaban abiertos, el hall del Omni Royal también. El octavo piso es buen sitio para tirarse abajo con toda seguridad de que uno se va a morir. El 17 de octubre yo garantizo a mi gente el uno a uno, el empate, que marcará una justicia sumaria en este caos de existencia. O por lo menos lo intento.
Mi vida contra la suya. Visto que no hay culpa. No hay arrepentimiento. Visto que mi alma se fue en ollas, zanahorias y porciones, sin montar ningún escándalo. Entre guerra y guerra. En los ojos vacíos de un niño que a mí me tocó eliminar.
No voy a escabullirme de ésta, ni tengo más que ofrecerles; busquen a mi novia en pedazos, en 826 N. Rempart; lleva 11 días esperándoles, deshecha, en un mundo confuso.

Dedicado a todos los que perdieron su alma en absurdos conflictos,
a sus destrozadas parejas,
y a todos a los que el concepto de patria se nos hace estrecho.

3 comentarios:

Joaquín Botella dijo...

Parece tan disparatado como El corazó de las Tinieblas o la peli que inspiró, Apocalipisy Now. Tanto como el tono que has empleado para contarlo, Adelaide, pero está claro que es el adecuado, porque en temas así no basta con mostrar al lector la brutalidad del loco mundo en el que vivimos, es mejor echarle un buen cubo de vísceras hirviendo, para que espabile.

Enhorabuena y gracias por habérselo dejado al blog de Miguel Ángel.

Cuando vengas a recoger algún otro premio por estos lares, si tienes tiempo y ganas, estaría encantado de volver a estamparte un par de besos en sendas mejillas, ahora que ya se ha descubierto que lo de la gripe A es otro timo más.
Con un abrazo amistoso,
Joaquín

Cris dijo...

Inquietante, desgarrador, confuso, como la locura que perturba la mente y el alma de nuestro combatiente. Adelaide, nunca pensé lo que la guerra podía llegar ha hacer en los hombres que la combaten. Los extingue también, aunque más lentamente.

Gracias por tu relato, ha ampliado mi concepto de víctimas de la guerra. Espero que esta desgracia no sea la norma, aunque no por ello deja de ser menos lamentable y doloroso.

Miguel Ángel Pérez Oca dijo...

El cuento de Adelaide me ha hecho ver que, en todas las guerras, todos se convierten en víctimas, incluso los verdugos. Solo los que se benefician de ella, en forma de dinero y poder, los que toman las decisiones criminales desde un despacho, son los verdaderos beneficiarios de algo tan sucio y criminal... mientras todos los demás, los que la hacen, se envilecen y pierden su condición de personas de buena voluntad. Las guerras, en fin, las pierden todos, menos unos cuantos sinvergüenzas.
¡NO A LA GUERRA! ¡NUNCA UNA GUERRA!
Miguel Ángel Pérez oca.