sábado, 27 de septiembre de 2008

LA HISTORIA DEL GUERRILLERO JUANITO


El otro día se presentó en el Club Información el documental "Guerrilleros", con la presencia del que fué jefe de la guerrilla guatemalteca comandante Santiago. Después hablamos con mi querida amiga Ángeles Cáceres, madre del realizador, y me impresionó mucho la historia del guerrillero Juanito y su triste final. Ayer me pidieron de la Editorial ECU un relato corto para un libro de relatos urbanos y les escribí la historia del guerrilero Juanito. Os la pongo en el blog.


JUANITO.

Juanito había bajado al pueblo para comprar unas botellas de agua. No quería que sus hijos bebieran el agua, quizá contaminada, de los manantiales de la hacienda donde trabajaba de mayoral para un terrateniente, al que ni siquiera conocía personalmente y que a veces pasaba volando en su helicóptero, dejando muy claro que aquellos pastos seguían siendo suyos. A cambio, Juanito percibía un sueldo muy modesto, que apenas le bastaba para mantener a la familia.
-Para esto hicimos la revolución – se decía a veces, al comprobar que todos sus sacrificios en la guerrilla, y la muerte de tantos compañeros, apenas habían servido para terminar con las masacres de los paramilitares y poco más.
Juanito había sido guerrillero en las montañas de Guatemala, a las órdenes del comandante Santiago. Su pueblo fue masacrado por los esbirros del general Ríos Montt. A su padre le cortaron la lengua, las manos, los pies y los testículos antes de morir. Y Juanito, sin familia, sin pueblo, sin esperanzas, se vio perdido en la selva, hasta que se encontró con un grupo de guerrilleros con los que apenas se entendía, porque él sólo hablaba uno de los muchos dialectos mayas que se hablan por su tierra. Los guerrilleros le enseñaron a hablar español, le enseñaron a leer, escribir, hacer cuentas y luchar. Y encontró en ellos otra familia, una familia de personas desesperadas que luchaban por salvar a su patria de las garras de los explotadores yanquis; pero, sobre todo, que luchaban por sobrevivir. Combatían a la vez al ejército regular y a los verdugos paramilitares y encontraban consuelo con un cura andaluz, pasado a la guerrilla, que les enseñaba los pasajes de los Evangelios que están especialmente dedicados a los pobres, a los bienaventurados que están perseguidos por la justicia, a los que son mansos, a los que tienen hambre y sed de justicia verdadera. Aquel buen cura no estaba bien visto entre las jerarquías católicas de Guatemala, pero a él le daba igual, porque decía que tampoco Cristo estuvo bien visto por los fariseos del Sanedrín. Y les contaba que es más difícil que un rico vaya al cielo que un camello pase por el ojo de una aguja; no porque sea rico, sino porque para ser rico hay que hurtar el sustento a los más pobres. Un día Juanito se pegó un tiro en un pie, por accidente, y el mismo comandante Santiago, el jefe de la guerrilla, que también era medico como el Che Guevara, lo curó personalmente. Juanito luchó y disparó contra sus enemigos y sobrevivió a la brutalidad de la guerra…
Un día vio llorar a algunos de sus compañeros.
-¿Qué os pasa? ¿Ha muerto algún conocido?
-No, Juanito, ha sido peor, porque hemos sido traicionados por nuestro maestro, el comandante Pancho, el que nos enseñaba la ideología revolucionaria. Se ha pasado al bando del general Rios Montt y nos entrega al enemigo.
-¿Nos matarán, como hicieron con mis padres? – preguntó, alarmado.
-No, peor que eso, nos tendremos que rendir. Tendremos que negociar la desmovilización. Volveremos a casa sin la alegría de haber hecho la revolución. Otra vez a ser pobres. Y a cambio tendremos una democracia burguesa, que solo servirá para lavar la cara a los asesinos ante los demás países.
El que así hablaba era el comandante Santiago, sumido en la pesadumbre y en la vergüenza ajena.
Y vinieron tiempos de paz. Y Juanito se casó y formó una familia. Y se puso a trabajar en la hacienda de uno de aquellos ricos que habían estado financiando al dictador, convertido ahora en presidente constitucional.
Y pasaron los años. Y un día Juanito bajó al pueblo a comprar unas botellas de agua. En la tienda había un borracho discutiendo con el comerciante.
Juanito los interrumpió.
-Perdonen, solo quiero unas botellas de agua – dijo, disculpándose.
-¡Pues te esperas, pendejo – le increpó el borracho –, que ahora estoy hablando yo!
-Pero, si solo quiero unas botellas de agua, y no les molesto más…
Y el energúmeno sacó de su cinto un machete de los de andar por la selva y le asestó un tremendo tajo en el vientre, sin darle tiempo a reaccionar.
-Te dije que te callaras, pendejo – dijo el borracho, y salió de la tienda dando tumbos.
Juanito se moría, la sangre se le escapaba a borbotones y su vista se fue nublando. Los gritos de los presentes sonaban en sus oídos como un eco lejano, el eco de los viejos combates en la selva.
-¿Para eso luché, para eso se sacrificaron mis compañeros? – se preguntaba, incapaz de hallar una respuesta que lo consolase.
-La violencia de ahora no sirve de nada – caviló -. Al menos nosotros matábamos y moríamos para salvar a nuestros hermanos…
Y ahora se estaba muriendo en el seno de una Guatemala donde unos pocos ricos siguen explotando a todos los pobres, como viene sucediendo desde hace siglos; donde los héroes se mueren por una tontería, después de haber sobrevivido a masacres y combates, después de dar un ejemplo de valor a sus hermanos de toda la América irredenta.
Lo último que vio Juanito, antes de irse del mundo, fue una hilera de botellas de agua mineral en un estante de la tienda del pueblo.

Miguel Ángel Pérez Oca.
(Dedicado a la memoria de Juanito y a
la de tantos héroes anónimos que lucharon
por la libertad en el patio trasero de los yanquis.)