martes, 10 de julio de 2018

TADAIMA, LA MAR PERFUMADA.

El tema de ayer era "Tadaima", palabra oriental que, según mi hija Natalia quiere decir "Ya estoy en casa". Esta fue mi aportación:




TADAIMA, LA MAR PERFUMADA.

-En las costas del remoto país del que vengo la mar se perfumaba con la fragancia de las especias, el café y las plantas aromáticas que anunciaban la presencia de un paraíso aún antes de divisar su perfil en el horizonte. Ese perfume era nuestra brújula cuando mi abuelo y yo salíamos a pescar en su viejo cayuco. Mi mundo era hermoso, con sus tierras altas de cultivos fragantes, sus bosques profundos de árboles recios y frondosos, sus intrincados manglares costeros y sus playas de aguas transparentes y peces multicolores. Era una tierra de paz, ajena a los afanes y luchas de esa gente ambiciosa de cuya existencia ni siquiera teníamos noticia. Cuando alguien intrigaba contra sus vecinos o intentaba predominar sobre los demás, lo expulsábamos de nuestra aldea y le obligábamos a vivir más allá de las montañas. No sabíamos lo que era la guerra ni la esclavitud ni la especulación… ni la prisa.
-Pero un día llegaron los misioneros católicos y alteraron nuestra paz espiritual, proclamando falsos a todos nuestros espíritus y duendes ancestrales, imponiendo jerarquías celestes,  mandamientos, pecados y culpas, y perdimos para siempre nuestra inocencia.
-Después vinieron los ingenieros europeos y talaron la selva milenaria para obtener madera. Nuestro paraíso quedó desnudo y el sol acabó matando a los animalitos que lo poblaban; pero lo más grave es que liquidaron los cultivos aromáticos de las alturas para llenar los antiguos bancales con cultivos industriales transgénicos que se exportaban al extranjero, y nuestro mar dejó de estar perfumado.
-Más tarde, flotas de enormes buques factoría y pesqueros insaciables esquilmaron nuestras costas y las vaciaron de peces; y mi abuelo se murió de pena.
-Al fin, bandas de fanáticos islamistas, armados con sofisticados fusiles europeos, incendiaron mi pueblo, asesinaron a los adultos y secuestraron a los niños y niñas, para hacer de ellos soldados esclavos y servidoras sexuales.
-Yo escapé y desde entonces he atravesado África en busca de ese maravilloso paraíso que nos dicen que está en Europa… Aunque los europeos no nos dejan acercarnos a él.
El hombre negro, moribundo de hipotermia, con quemaduras por contacto con los combustibles, con el cuerpo y el alma destrozados por las torturas y las vejaciones, descansa en el suelo, en la cubierta del barco de salvamento, mientras el doctor Tanaka, de Médicos del Mundo, trata de salvar su vida.
-¿A qué huelo? – exclama de pronto – Esta mar también está perfumada.
Tanaka sonríe.
-Es el aroma de las flores de azahar. En estas tierras a las que vamos se cultivan los naranjos y su flor es muy olorosa. Se dice que ese perfume se puede oler aún antes de que sus costas aparezcan en la lejanía.
-Entonces… – dice el hombre negro con su voz más profunda – YA ESTOY EN CASA.
-TADAIMA – pronuncia el doctor Tanaka en su idioma oriental, mientras ve cómo los ojos de su paciente se cierran, quizá para siempre, en un rostro curtido, cruzado de cicatrices y arrugas que se distienden al sentirse en paz, al fin.

                                               Miguel Ángel Pérez Oca.
                                   (500 palabras sin el título y la firma)

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