martes, 5 de febrero de 2013

CERTIDUMBRES.



Ayer, en la Tertulia de la Bodega Adolfo presenté mi trabajo titulado "Certidumbres". El tema era "la certeza" y yo aporté este escrito, que es una segunda versión ampliada y perfeccionada de un artículo aparecido en este blog hace ya algún tiempo. Me dio cierta vergüenza oír a Miguel Sarceda leer mis palabras con su magnífica voz, porque no me gustaría que nadie pensara que estoy dándole lecciones de ética. Yo no soy el ser perfecto que se retrata en esta redacción, ni mucho menos, sino que ese ser es el ideal que persigo desde hace muchos años. Ya quisiera yo ser así y permanecer impasible bajo mi particular "árbol del bodi", cuya imagen permanece en mi memoria como un enorme algarrobo que me daba sombra en mi viejo chalet de Los Patos, que ya no es mío, por desgracia. Como digo al final, uno, con frecuencia, confunde las esperanzas, o los deseos, con las certidumbres.
Espero que os guste y que perdonéis mi atrevimiento. 


CERTIDUMBRES.

Cuando me miro al espejo, quisiera tener la certeza de que veo a alguien que…

            Que no tiene nada que reclamar a nivel personal, pero persigue una utopia social que sabe realizable, más aún: obligada, con la que se siente comprometido.
Que no rechaza la acción, pero no permite que ésta le arranque la serenidad. Y aunque en ocasiones se deja llevar justamente por la indignación, mantiene siempre un refugio para la paz en lo más hondo de su espíritu.
Que abomina de la irracionalidad, la injusticia, el autoritarismo y la violencia; que no se justifican en ningún caso por sus motivaciones y sus objetivos, por muy nobles que sean.
            Que no envidia a nadie ni desea ser envidiado por nadie; porque le parece absurdo sentir dolor por causa de las comparaciones.
Que admira a los que saben ser modestos, pacíficos y serenos; tanto más cuanto más valiosas sean sus mentes y sus obras.
Que no conoce a quien sea capaz de ofenderlo, porque es uno mismo el que se ofende, y si no lo hace, nadie puede hacerlo por él.
Que no considera a nadie su enemigo ni desea ser considerado enemigo por nadie; ya que el odio solo produce fatiga y estupor, y distrae de lo verdaderamente importante. Hacer un gran favor a quien nos odia a muerte puede depararnos un placer exquisito.
Que no se siente superior ni inferior a ninguna otra persona, porque no hay un solo ser humano que posea nada que esté por encima del hecho mismo de ser humano. Ser mejor o peor es solo producto de la genética y la suerte, no motivo de orgullo ni de vergüenza.
Que le parecen cómicos, cuando no patéticos, los prepotentes, los que se esfuerzan en representar un papel, los que lucen vistosos uniformes y hábitos, los que se invisten de autoridad y hablan ex cátedra, los que miran a los demás por encima del hombro. Y no ven, o fingen no ver, a aquellos que se ríen a sus espaldas.
            Que no necesita demostrar nada, ni imponer nada, ni dejar constancia de nada que se refiera a sí mismo; ya que no padece ninguna frustración personal, ninguna vergüenza secreta, ningún temor inconfesable.
Que tampoco necesita ocultar nada, salvo que sean otros los posibles perjudicados por su franqueza; en cuyo caso su norma sería la discreción absoluta.
Que no ambiciona nada en el seno de la sociedad: ni la notoriedad, ni el dinero, ni mucho menos el poder.
            Que piensa que tener demasiado, de lo que sea, es una desgracia, pues todo exceso acrecienta la responsabilidad.
            Que intenta pagar sus deudas y cumplir sus compromisos, pero no le preocupa demasiado que los demás hagan lo mismo con él; pues no es una cuestión de toma y daca.
            Que se compadece de los malvados y los avariciosos, porque no reciben amor y no tienen paz; y de los estúpidos, porque desconocen el alcance de las molestias que ocasionan.
            Que ama a todos y a todo, y querría que su amor no tuviera preferencias, aunque inevitablemente las tiene.
            Que prefiere una bella puesta de sol a cualquier deslumbrante espectáculo, el canto de un pájaro a la más famosa de las sinfonías, un hayku al mejor de los poemas, una pequeña iglesia románica a la más monumental de las catedrales, el garabato de un niño a la mismísima Gioconda y cualquier cosa auténtica, hermosa y simple a todo lo barroco y sofisticado.
            Que se siente en paz cuando no lo acosa el gotear de los segundos y cuando se permite intuir que el tiempo no existe; porque no hay mejor situación que la de saberse aquí y ahora.
Que tan solo aspira a saber cada día más de sí mismo y del mundo que lo rodea; y a que lo dejen tranquilo mientras piensa a la sombra de un algarrobo.
            Que desea para todos el equilibrio que busca para sí…

            Sin embargo, reconozco que a menudo los espejos nos devuelven imágenes distorsionadas, que nos llevan a confundir las esperanzas con las certidumbres.                    
Miguel Ángel Pérez Oca.

1 comentario:

AGATHA dijo...

Querido y admirado Miguel Ángel, cuando los lunes de tertulia dirijo mi mirada inmediatamente a mi izquierda, veo, invariablemente a alguien que se asemeja asombrosamente a esa persona descrita en tu "Certidumbre".


Mercedes