miércoles, 13 de octubre de 2010

DESCONSUELO POLÍTICO.


Acabo de comprender que vivimos en un tiempo de desconsuelo político. Quería discernir a qué partido he de dar mi voto en las futuras contiendas electorales y el alma se me ha caído al suelo. El panorama es tan negro que no sé si hacer como alguno de mis amigos, que ha decidido marcharse lejos de todo contacto humano, o al menos político, y dimitir de su condición de “homo sapiens sapiens” - que ya es petulancia pretender que se es “hombre sabio sabio”, con la que está cayendo -.
Y es que hay quien no puede más. Conozco amigos que se han ido a vivir al Norte, o a una casita perdida en el monte, porque ya no pueden soportar por más tiempo el tufo a corrupción, caspa y ordinariez que se respira en nuestra ciudad y en nuestra Comunidad, en estas tierras tradicionalmente progresistas, con una historia que nos podría llenar de orgullo si no viéramos en qué ha quedado tanta heroicidad, tanta lucha por la libertad y tanto sacrificio.
No es que yo diga que en el Partido Popular no pueda haber buenas personas, que las habrá, como en todas partes. No es que afirme que todas las imputaciones por corrupción se van a resolver con la condena de los imputados, que eso solo lo pueden decir los jueces. Pero el tufo nos ahoga, y, sobre todo, la mediocridad, la frivolidad, la vulgaridad de nuestra subvencionada “cultureta” fogueril, “semanasantera”, de “grandes eventos” y demás, mientras la verdadera cultura se muere de miseria en un rincón. Todavía no se sabe cuánto costó el viajecito del Papa ni, por lo que sé, se han reparado todas las deficiencias que provocaron el descarrilamiento del metro valenciano días antes de la visita pontificia. Me escandaliza la organización de inefables regatas y carreras de bólidos, mientras se cargan el Cabanyal, se hunde el conservatorio de danza “Pepe Espadero” de Alicante, los hospitales están cada vez peor y los niños estudian en barracones. Cuando el paro crece, los políticos del PP le echan la culpa al Gobierno, cuando el déficit crece también es cosa de la mala gestión de Zapatero, pero cuando los despilfarros nos atosigan y no hay dinero para las cosas verdaderamente importantes se ocultan las cifras y ya está. La actitud innoble, torticera, manipuladora, falsa y ocultista de la presunta corrupción de que hacen gala los mandamases de esta Comunidad Autónoma y de tantos de sus ayuntamientos escandaliza, al menos, a la gente que reúne unas cuantas virtudes imprescindibles: cierta inteligencia, la suficiente decencia y, sobre todo, vergüenza y dignidad.
Ya sabemos que no hay peor tonto que un trabajador de derechas. Pero es que hay gente que idolatra a los sinvergüenzas, porque en el fondo ven en ellos un modelo a seguir. Quisieran tener esa cara dura, esa amoralidad, esa prepotencia que los ha hecho ricos “por su propio esfuerzo” – yo diría que “por el esfuerzo de otros” - y ahí está el éxito de Berlusconi, al que muchos idiotas italianos envidian sus facultades de semental “de pago”; y ahí está el motivo por el que la corrupción hunde la carrera de los políticos de izquierda, mientras deja indemnes a los de derechas. Cuando unos cuantos carotas se aprovecharon del PSOE para forrarse en sus cargos políticos de la era de Felipe, les costó cárcel, finiquitó sus carreras políticas y llevó a su partido a la derrota electoral. Ahora, nuestra Comunidad huele a podrido, pero los políticos de la derecha siguen ganando en las encuestas. Y, claro, si uno es decente y está despierto, no puede soportar el tufo a mierda y hace planes para mudarse a vivir a un lugar más digno, si es que lo hay. Qué vergüenza.
Por eso se impone la regeneración de nuestra política. Y eso empieza por los ayuntamientos, sigue con las autonomías y acaba en el Estado. Urge reconquistar nuestro Ayuntamiento para el progresismo que siempre dignificó a esta ciudad, dos veces último refugio de la Libertad de España, ejemplo de ciudad democrática y liberal hasta que la debacle del felipismo nos trajo esta desgracia que hoy padecemos. Se impone también alejar de nuestro País Valenciano a gente tan funesta e impresentable como el no sé si iluminado, paranoico ciclotímico o maravilloso actor señor Camps, el impresentable Font de Mora con sus gracias y caprichos educativos, el empingorotado Riki Costa con sus extrañas idas y vueltas al y del ostracismo, como cabeza de turco mediática, “ma non troppo”, el Ripoll de “El que esté exento de pecado…” - ¿se ha visto alguna vez una confesión de culpabilidad más osada? – y demás ralea.
No podemos aguantar más, o al menos yo no puedo aguantar más. Esto se ha vuelto maloliente e insoportable. Se impone una regeneración política y ciudadana, precisamente ahora, en el peor momento para el PSOE, con su carga de errores tácticos, meteduras de pata y, sobre todo, su incapacidad para defenderse a mordiscos en las gónadas de sus falsarios competidores. La táctica de Zapatero estaba bien para los buenos tiempos. Era un buen chico que jamás devolvía una ofensa. Le llamaban “Bambi” y lo llevaba bien. Pero estos son tiempos de paro, hipotecas impagables, sangre, sudor y lágrimas. Así que basta ya de sonrisitas bienintencionadas, basta ya de renuncias ante la presión de los mercados, basta ya de silencios que los canallas entienden, o proclaman, como culpables. Gobierne usted, compañero ZP, para los trabajadores, denuncie y explique las verdaderas y poderosas razones de su cambio de política social, devuelva a las hienas de la derecha sus dentelladas… o dimita y váyase con la cabeza muy alta. Y una vez alejado del poder, escriba usted sus memorias y cuente toda la verdad, a ver si alguien acaba sonrojándose.
Porque España, por encima del País Valenciano, también necesita de una regeneración política. Hace falta que alguien con personalidad y carisma – ni Zapatero ni Rajoy lo tienen – tome las riendas y convoque a todas las fuerzas políticas, o al menos a aquellos de sus miembros que aún no han perdido la vergüenza, a una reforma profunda y efectiva de nuestras instituciones democráticas – o presuntamente democráticas - . Que se implante una nueva ley electoral verdaderamente proporcional, que no perjudique a las minorías, y con listas abiertas, para que se acabe de una vez la tiranía de los aparatos sobre los candidatos; que se hagan obligatorias las primarias y otras garantías de funcionamiento democrático interno de los partidos; que se solucione por fin el problema de la Justicia inoperante y politizada, la única pata del trípode de Montesquieu cuyos miembros no son elegidos libremente por el pueblo soberano; que se fortalezca el papel de los sindicatos y que se socialice el paro, acortando la jornada de trabajo en las empresas con dificultades, en lugar de los despidos en masa que se llevan por aquí; que los impuestos no hagan pagar siempre a los mismos las maniobras insolidarias de unos pocos; que se exija productividad y rigor a los funcionarios; que no nos manipulen más con las futuras penurias del sistema de pensiones - ¿por qué han de autofinanciarse en su totalidad, mientras otros estamentos del sistema viven exclusivamente del presupuesto? Por esta regla de tres habría que licenciar al Ejército, ya que no es capaz de autofinanciarse - ; que se organice un sistema federal en el que las competencias de los estados autonómicos estén definidas por la Constitución, no por el eterno regateo entre el Estado central y las Autonomías; y que de una vez se pregunte al pueblo cuál es el sistema político en el que quiere vivir; si quiere seguir con esta monarquía o quiere una república; y qué clase de república quiere, porque no todas son iguales.
Se impone la regeneración porque estamos en un callejón sin salida, en medio de una disputa estúpida entre dos partidos mayoritarios sin liderazgo ni programa definido, acosados por una crisis que genera un paro insoportable y dominados por los caprichos de esos que se denominan eufemísticamente “mercados”, pero que todos sabemos que tienen nombres y apellidos. Ahora o nunca, y sin aspavientos y, sobre todo, sin violencia. Hace falta un Gobierno capaz de recabar el consenso general, sólido, fuerte, democrático y valiente, a cuya sombra la gente decente de todos los partidos ponga la suerte del pueblo por encima de sus propias expectativas electorales y se afane en salir de este mal paso, de manera que los apuros presentes hayan servido al menos para regenerar nuestro papel ciudadano. Que los políticos honrados y consecuentes salgan de sus torres de marfil o de sus madrigueras, o que se vayan definitivamente, todos, a la mierda.
Pero, ojo, que nadie nos proponga un “salvador providencial de la Patria”, que de eso ya tuvimos y se llama fascismo. O lo hacemos entre todos o el remedio sería peor que la enfermedad. Y si no lo hacemos, por cobardía o por comodidad, tendremos que reconocer que “NO HAY NADA QUE HACER” y la verdadera Democracia se alejará de nosotros para siempre.
Si nuestros políticos no se deciden a encabezar ahora esta necesaria regeneración, que no nos pidan luego que sigamos jugando a esto de votar lo más útil, lo menos tonto, lo más bonito o lo que menos nos haga pensar. Porque para un triste viaje como éste no hacen falta alforjas.
Y que ningún pedante se atreva a decir que hoy ya estamos en una verdadera e inmejorable Democracia.
Si alguien se siente ofendido que me perdone, si quiere, o que se vaya a hacer puñetas.

Miguel Ángel Pérez Oca.

4 comentarios:

pulako dijo...

Me siento identificado con todo lo que ha dicho. Espero que alguien se de por aludido y empiecen a cambiar las cosas, sino se va a extender el escepticismo hacia la democracia (sino esta ya suficientemente extendido).
Gracias

Anónimo dijo...

Querido amigo,que razón tienes en todo lo que has dicho. Un abrazo.Julia

eusebio pérez oca dijo...

¡Hole mi tete!

Eusebin.

Teresa dijo...

El artículo plasma la realidad política actual, incluso a otros niveles que los puramente nacionales (matizando, por supuesto, y desde mi humilde opinión). Amigo Miguel, a tu sugerencia de buscar un lugar ideal para vivir,añadiría otra para quien se quede:votar a quien nos dé la gana:mayorías, minorías, blanco...al cuerno las utilidades. Saludos Teresa