martes, 21 de marzo de 2017

LA FRANCESITA Y LOS RUBIOS.



El tema de la Tertulia de ayer era muy complejo, nada menos que "La belleza de un rubio de ojos azules no tiene parangón" (?). Y a mí no se me ocurrió otra narración que esta:

COLETTE Y LOS RUBIOS DE OJOS AZULES.
Colette era una chica menuda, morena y pizpireta que perdía el oremus en presencia de los hombres rubios. “Es que la belleza de un rubio de ojos azules no tiene parangón”, se excusaba cuando sus amigas le criticaban su debilidad erótica. Así que cuando los alemanes ocuparon París, Colette sintió que el paraíso había llegado para ella. Le pasó como cuando un niño entra en una pastelería y no sabe qué dulce escoger, o cuando un entusiasta del Arte y la Historia llega a Florencia y cae víctima del Síndrome de Stendhal, con sus correspondientes palpitaciones y mareos. Porque a Colette le daban palpitaciones cuando se veía ante uno de aquellos hombretones de raza aria, con sus ojos clarísimos, su ondulante cabellera rubia y su elegante uniforme. Y en vano sus amigos y familiares le reprocharon que fraternizase con el invasor. Ella contestaba que no entendía de política y que prefería entender de hombres y de amor.
Otto fue el colmo de su pasión germanófila. A aquel hombre no se le podía decir que no. Bueno… a los otros rubios tampoco, pero es que Otto, Otto era el prototipo, el arquetipo y el tipo ideal de hombre germano. Parecía que se había escapado de una ópera de Wagner, y su voz profunda y convincente era como las notas de la flauta del músico de Hamelin, irresistible. La flauta… bueno, de eso Colette no hablaba,  pero se la veía tan satisfecha y sonriente que todos suponían que el concierto era de su agrado.
Sin embargo, una noche aciaga, después de hacer el amor no sé cuántas veces, Otto, mientras encendía su cigarrillo post coito y le ofrecía una caladita a Colette, le dijo con su fuerte acento teutón: “Oye, Colette, yo me llamo Otto Müller, pero no sé cuál es tu apellido”. Y ella le contestó con ingenua naturalidad: “Me llamo Colette Herzog”. El repeluzno que se apoderó del musculoso cuerpo de Otto, alarmó a Colette. “Pero tú… eres católica, ¿verdad?”. “Pues claro”, contestó Colette con cierta prevención. “Pero tu apellido es judío”, dijo él, alarmado. “Bueno, es que soy adoptada. Mis padres murieron cuando yo era pequeñita, en un accidente, y me adoptaron los Dupont, que no quisieron cambiarme el apellido por respeto a la memoria de mis padres verdaderos”. Y Colette vio con asombro cómo Otto se vestía a toda prisa y se marchaba sin despedirse.
Poco después, una patrulla de las SS, comandada por el rubio Otto, arrestó a Colette en su domicilio. Rápidamente, la llevaron a la estación del ferrocarril con un montón de familias judías y, tras un terrible y larguísimo periplo, ingresó en un campo de concentración polaco, llamado Auschwitz. A pesar de todo, Colette no hacía más que pensar en lo guapo que estaba Otto en el andén, mientras con disimulo movía su mano varonil en señal de despedida. “En el fondo, es un tímido”, se decía para consolarse.
Al final de la guerra, Colette fue liberada del campo de la muerte por las tropas rusas, que no daban crédito al dantesco espectáculo de montañas de cadáveres esqueléticos desnudos. La chica había envejecido y perdido casi todo el pelo. Pesaba unos 20 kilos. Su piel era de un gris ceniciento. Unas profundas ojeras herían sus antes tersas mejillas. Sus manos, deformadas por el trabajo, temblaban violentamente.
Se había pasado tres años, como tres siglos, sacando de las cámaras de gas miles de cuerpos inertes de sus compañeros de infortunio. Los había llevado después a los hornos crematorios, tras arrebatarles anillos, prótesis, dientes de oro y hasta los cabellos, para entregarlos a sus verdugos rubios de ojos azules, siempre tan elegantes, eficientes y meticulosos en su trabajo asesino. Y había tenido suerte, porque su fortaleza y su resolución le habían permitido sobrevivir a duras penas, al borde de la nada.
Después de pasar un tiempo en un hospital soviético, Colette fue devuelta a su París de antaño. Se había repuesto físicamente y volvió a ser una mujer con cierto atractivo… Pero ya nunca pudo evitar que, cuando un rubio de ojos azules se le insinuaba, tuviera que ir corriendo a vomitar al lavabo.              
                                                                           

2 comentarios:

EUSEBIO PÉREZ OCA dijo...

A Hitler y a FRanco también les gustaban los rubios. Cosas de la vida.

Eusebiet d´Alacant

EUSEBIO PÉREZ OCA dijo...

Y si te cuento a que rubio le gustaban morenos y poetas....te cagas. Lo malo no es eso si no la hipocresía sobre gustos y lo oculto del tema.

Eusebiet