martes, 13 de diciembre de 2016

COLILLA


En esta ocasión, el tema de la tertulia era "Burla" y yo he rescatado de mi memoria infantil un personaje que se esforzaba por mantener su dignidad herida, en plena posguerra, y que era blanco de las burlas de los niños de mi calle, entre los que, lamentablemente, me incluyo:

“COLILLA”
            A lo largo de toda mi vida he sentido pena por muchas personas, pero nunca tanta como por “Colilla”. Yo era entonces un niño travieso que militaba en la panda de golfillos de la calle Juan de Herrera, enemigos irreconciliables de los de la vecina calle del Padre Mariana. A menudo nos retábamos a batallas campales en las faldas del Tossal, a la sombra del castillo de San Fernando, donde nos liábamos a pedradas de las que, de ordinario, resultaba alguno con una brecha sangrante en la cabeza. Éramos unos salvajes, producto de la violencia, aún latente, de la Guerra Civil terminada hacía solo unos pocos años. Todavía teníamos en la cárcel a alguno de nuestros parientes, condenado por su pasado republicano. Y entre los chicos mayores del barrio, había varios huérfanos con padre fusilado o muerto en combate. Así que, en nuestros juegos, reproducíamos los enfrentamientos que habían arruinado a nuestras familias y a nuestro país. Pero, en una cosa siempre nos poníamos de acuerdo: en hacer burla de “Colilla”.
            “Colilla” era un hombre alto, de ademanes distinguidos y léxico culto, que arrastraba su desgracia bajo unas ropas raídas que antaño fueron de calidad. Antes de la guerra debió ser todo un personaje. Yo me lo imaginaba como alto funcionario, abogado, catedrático o político vencido, humillado y abandonado a su suerte en la calle hostil. Llevaba la ropa andrajosa, sí, pero muy limpia; y su rostro demacrado se escondía bajo una gran cabellera blanca, bien peinada. Los zapatos, un día elegantes, iban reforzados en las suelas con cartones de los que asomaban unos calcetines granate llenos de agujeros. Un amplio gabán muy desgastado ocultaba el viejísimo traje gris con remiendos en codos y rodillas, y bajo él, un chaleco destrozado y una camisa deshilachada, con corbata muy bien anudada pero tan vieja y descolorida como todo lo demás. Su andar, que antes debió ser majestuoso, era ahora el de un hombre encorvado por una vejez temprana y avergonzado de sí mismo. Vivía de la caridad de algunos vecinos que debían conocerle de otros tiempos y lo trataban con respeto: el señor Pascual, de la tienda de ultramarinos, que le preparaba algunas mañanas un bocadillo de sobras de caballa; López, de la mercería, que le daba monedas de perra gorda a escondidas de su mujer; don José, el relojero tullido, que a veces, en la tarde, lo convidaba a una taza de malta con paparajotes. Porque él no era capaz de pedir limosna abiertamente, pregonando a voces su miseria, como hacían otros por las calles y plazas.
            Cuando veía una colilla en el suelo, miraba a ambos lados, con miedo de ser descubierto, y se inclinaba rápidamente a recogerla y guardársela; de ahí su mote: “Colilla”. Después, en la cueva donde moraba, decían los mayores que se liaba cigarrillos de segunda mano para el día siguiente. Pero no siempre lograba su propósito de no verse sorprendido en tan lamentable empeño, pues nosotros, los diablillos de Juan de Herrera y Padre Mariana, lo espiábamos desde las esquinas, y en cuanto se agachaba le gritábamos con toda la fuerza de nuestros pulmones: ¡Colilla, Colilla, Colilla…!
            Y él se alzaba de inmediato, tratando de recuperar su maltrecha dignidad, y nos recriminaba con un lenguaje trasnochado: “Son ustedes unos groseros. Sus padres deberían educarlos mejor. No tienen ustedes respeto por las personas mayores…”
            Y a mí, ya entonces, me daba una pena enorme, que disimulaba para no hacer el ridículo ante mis crueles e insensibles compañeros de trastadas.
            Un día, “Colilla” dejó de venir por el barrio. Se comentó que lo habían detenido por alguna vieja cuenta política pendiente y que estaba otra vez en prisión - quizá murió allí -, y no lo vimos más; así que nos dedicamos a hacer burla de otros desgraciados: mendigos, tontos o gente de rostro enloquecido, que tanto abundaban en esos días.
            Y pasaron los años y con ellos vinieron tiempos mejores. Nos hicimos adultos y civilizados, pero, al menos yo, nunca olvidé a “Colilla”, la estampa de la derrota.


                                                                                Miguel Ángel Pérez Oca.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Genial, como siempre. ¿No habría forma de saber el nombre de este personaje? Sería bueno poder trazar su historia y saber que le llevó a aquella situación.

Eusebiet.

Miguel Ángel Pérez Oca dijo...

Ni idea. Había tantos "Colillas", víctimas de la vesanía de los fascistas en esa época...