viernes, 3 de febrero de 2017

UTOPÍA Y DESENCANTO.



            Cuando en 1979 visité Moscú y desde la mítica Plaza Roja, en una noche agradable de Verano, vi la bandera roja con la hoz y el martillo flotando sobre el Kremlin, no pude evitar que unas furtivas lágrimas de emoción surcaran mis mejillas. Sin embargo, ya el corazón me había dado un vuelco desagradable al ver, a la salida del Aeropuerto, a un maletero escuálido empujando con un gran esfuerzo una carretilla atestada de maletas, mientras el sudor recorría sus modestísimas ropas. Me excusé pensando que la deriva burocrática del régimen soviético no podía desembocar más que en una democracia socialista con un pueblo culto que sirviera de agente a una alternativa racional al capitalismo y sus desigualdades escandalosas e injustas… Pero hoy debo coincidir con los planteamientos que mi amigo el profesor Manuel Alcaraz, Conseller de Transparencia, Responsabilidad Social, Participación y Cooperación de nuestra Generalitat, expuso ayer en la presentación del ciclo de conferencias “UTOPIA Y DESENCANTO”, coordinado por el Catedrático emérito de Urbanismo José Ramón Navarro Vera en el Aula Rafael Altamira de la Sede de nuestra Universidad.  
            La conferencia estuvo a cargo de Julián Casanova, catedrático de Historia Contemporánea de la Universidad de Zaragoza. Coincidía en sus planteamientos con Alcaraz, desarrollándolos de manera brillante y con extraordinaria habilidad, de forma que en algo más de 45 minutos nos dio un análisis completísimo y complejísimo de la situación histórica y política que llevó al poder a los bolcheviques de Lenin y Trotski, a partir de los desastres originados por la participación rusa en la I Guerra Mundial y el empecinamiento del régimen zarista en mantener su estructura medieval. La enseñanza más importante que he sacado de la conferencia del señor Casanova es que la Historia no es un cuento de buenos y malos. Que los líderes políticos suelen perseguir dos cosas: construir un mundo ideal y tener poder para hacerlo. Planteamientos en los que pueden estar muy equivocados y dar lugar a situaciones terribles. Se ha denominado a la Revolución Rusa como la Venganza de los Siervos, en unas circunstancias trágicas que ya tenían precedentes en la derrota de la Guerra Ruso-Japonesa e intentos revolucionarios consiguientes. Comenzaron con la deserción de millones de soldados armados que marchaban a la retaguardia a repartir la tierra entre los campesinos, mientras el Zar se dedicaba a cazar y celebrar fiestas cerca del frente y la Zarina gobernaba a la sombra de Rasputín. Los burgueses liberales trataban de valerse del pueblo airado para expulsar a los Romanov e instaurar una democracia de estilo occidental que les favoreciese en sus aspiraciones económicas, pero ante la anarquía burocrática, la guerra desastrosa y el descontento popular, tuvieron que confiar en un líder social-demócrata, Kerenski, que no fue capaz de parar la guerra ni satisfacer las ambiciones del pueblo. La incipiente Duma o Parlamento democrático formado por todos los partidos de la revolución, mencheviques, social-demócratas, liberales, etc. fue abortada rápidamente por los bolcheviques que supieron capitalizar la energía de los soldados en armas, los campesinos, los obreros y, sobre todo, sus ya preexistentes comités revolucionarios denominados “Soviets”, para tomar definitivamente el poder en el golpe de estado de Octubre, donde, según Casanova, no pasó casi nada de puertas afuera. El mito instaurado por el cineasta Eisenstein con el pueblo asaltando el Palacio de Inivierno bajo la guía de los cañonazos del crucero Aurora no ocurrió jamás. El mito de la “Dictadura del Proletariado” fue el eslogan de que se valieron los organizados bolcheviques para que los viejos siervos creyeran que habían trocado la Dictadura de la Burguesía – en realidad una dictadura de tipo medieval donde la preponderancia no era burguesa sino feudal – por una Dictadura del Proletariado que en realidad era una dictadura de los bolcheviques. Los obreros, soldados y campesinos que habían hecho la revolución y la habían puesto en manos del partido de Lenin, veían en la cumbre revolucionaria a gente que hablaba y vestía como ellos y se identificó con ella en la convicción de que era el pueblo y sus soviets los que gobernaban. Pero desde un principio fue un solo partido muy jerarquizado y voluntarista el que ejerció el poder con una gran carga de violencia. La guerra contra el ejército blanco que pretendía retornar al irrecuperable zarismo todavía reforzó más la posición del PC soviético. Y esa es la verdad histórica. Por desgracia, la Historia nos ha demostrado que el comunismo de Lenín ha resultado ser incompatible con la democracia y la libertad ante el poder económico del capitalismo globalizador que hoy avanza sin traba alguna y sin enemigos visibles. La caída del Muro de Berlín marcó el principio de la era actual en la que es posible un Trump y una Le Pen y donde aumentan todos los días la desigualdad y la marginación bajo un capitalismo financiero, informático y consumista que tarde o temprano producirá una hecatombe de la que ha de salir una alternativa; pero esta no será, desde luego, un régimen comunista totalitario de tipo bolchevique, ni mucho menos.
            Mi conclusión particular es que jamás había aprendido tanto en solo tres cuartos de hora. Y que la realidad es sumamente compleja. Y que no hay episodios históricos en blanco y negro, pues las escala de grises es infinita. Y que, como dijo el conferenciante, solo la cultura, la capacidad de análisis y matización ponderada, la reflexión serena y no las frases facilonas de los tertulianos de la tele, serán capaces de llevarnos a buen puerto.
            Amén.